Las potencialidades que presentan niños y niñas, la velocidad de los aprendizajes y sus crecientes intereses de descubrimiento y exploración son ciertamente sorprendentes, pero en ningún caso justifican la exigencia de la lectura y escritura como metas obligatorias en la primera infancia.

No se trata de desconocer las habilidades de niños y niñas, ni menos impedir que accedan a los desafíos que involucra el lenguaje escrito. Eso no está en discusión. El asunto va más allá: se trata de insistir en que las finalidades educativas que tiene este primer nivel educativo son significativamente más amplias y profundas que lograr que los niños demuestren dominios tempranos de lectura.

La Subsecretaría de Educación Parvularia, en el camino de validación de los sentidos que tiene la educación en la primera infancia y de la hoja de ruta que se ha propuesto, está diseñando un conjunto de lineamientos curriculares para la formación integral de los párvulos.

Este trabajo se hace a partir de los hallazgos de las neurociencias y de los avances de la pedagogía, dentro de los cuales se consideran orientaciones específicas para el desarrollo de experiencias de iniciación a la lectura y escritura con modelos lúdicos, que le otorgan significado a este proceso de aprendizaje.

La literatura especializada ha evidenciado que la incorporación de diversas estrategias lúdicas de alfabetización en la primera infancia, donde se conjugan modelos sintéticos y analíticos, favorece en los niños el interés por la lectura y el descubrimiento autónomo de los mecanismos para leer. Son estrategias que se caracterizan por utilizar recursos de indagación donde no hay presiones, esfuerzos adicionales y tareas obligatorias para la casa.

El propósito central es que los niños y niñas disfruten de los cuentos, descubran sus contenidos y experimenten la riqueza que tienen para su desarrollo integral.

Por el contrario, cuando las estrategias se enmarcan bajo la premisa artificial de que mientras más temprano aprenden a leer los niños, mejor serán sus resultados de aprendizaje, se van generando consecuencias negativas en la práctica pedagógica que se expresan en metodologías pasivas donde se intenciona la memorización y el uso recargado de cuadernos, textos y fichas.

Preocupa el marcado protagonismo que tienen las habilidades de lectura en las actividades diarias del kínder y su promoción como factor de éxito para mejores resultados educativos en los siguientes niveles y paradójicamente su carácter obligatorio cuando los lineamientos en el campo mundial están lejos de esa tendencia.


La educación parvularia requiere tratamientos diferenciados en el diseño y operacionalización de su política. Nuestro desafío es renovar, actualizar, adaptar metodologías, normativas y reglamentos, en torno a las nuevas demandas y al posicionamiento que está adquiriendo este nivel.

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