Siempre el debate en Chile tiene que pasar por filtros para ser analizado. Como todo lo que existe: la “vía chilena” al socialismo, el “matrimonio gay a la chilena”, el “PC chileno”, entre otros elementos, tienen distorsiones únicas en nuestro país.

En general esas distorsiones reflejan nuestras raíces profundamente desconfiadas que explotan en tendencias como el clasismo, el racismo, el machismo, para tratar de mantener relaciones de arriba a abajo y otorgar seguridad a participantes que creen que los cambios culturales equivalen a perder entidad.

Eso es conservadurismo puro y duro en nuestras relaciones día a día y nos condena a fracasar en nuestras conversaciones, ya que negamos al otro y las posibilidades de que cambiemos. Y ahí radica la posibilidad de no trascender en el reconocimiento de las ideas, actos o simplemente la forma de ser del otro.

Ese conservadurismo puro y duro que niega al otro siempre encuentra a un nuevo enemigo. A ese nuevo enemigo hay “que llamarlo al orden” por los diarios o por personas que van envejeciendo y ya están aburridas de dar ciertas peleas y se vuelven los nuevos viejos. Los periodistas juegan de voceros en ese escenario y le otorgan espacio a la definición de esas canchas desde ciertas supremacías históricas. Es probable que los “medios tradicionales” sean más que de soporte: de respuesta a una tradición y audiencia que esta envejeciendo. Y lo digital, a lo que esos públicos no están acostumbrados a que sea el rincón donde exploten las ideas nuevas.

El nuevo enemigo es el feminismo. El feminismo o siquiera la idea de poder leer e interpretar las ideas del machismo (que no vendría a ser lo mismo) tiene a mucha gente inquieta. Pasó lo mismo con el movimiento gay. Hay algunas lecciones aprendidas también: en Chile parece ser que todo punto debe ser puesto desde un péndulo en extremo para que exista un resultado, que siempre tiende a ser tibio. En Chile al matrimonio igualitario no le podemos llamar matrimonio, por ejemplo. Desde esa lógica, el feminismo tiene desafíos tan profundos y difíciles como los movimientos que han logrado sus derechos a patadas.

Para poder invisibilizar todos estos factores el truco es empezar una caza de brujas. Y lo primero que van a hacer es incentivar un falso debate. Ese falso debate será sobre la corrección política. Y va a ser a la chilena: porque van a meter en el mismo saco hechos discriminatorios (como el boicot a profesores judíos en la Universidad de Chile) con el debate de género. El tono lo llevaran tipos que crecieron en el descompromiso de los 90 y sus derivados: los temerosos de los juicios de nuestra época.

Los temerosos del juicio de nuestra época sólo defienden una sola idea: el derecho a ser un cabrón (me gusta esa palabra en español, que en inglés vendría a ser el término asshole) y que en realidad no te importe el otro. Que tu índice de éxito en realidad sea una satisfacción interna (mi chiste es el más divertido, por tanto es mejor que tu idea) y la dopamina que te genere el decir tu creencia. Eso los acerca indudablemente al votante de Donald Trump o al que cree que un millonario con billetera es mejor que un político porque “es más efectivo”. También obviamente los asemeja a los pastores. La masculinidad “cabrona” transforma al hombre de la casa en un “líder espiritual” que sólo por estar conectado con “esa verdad de arriba” está sobre la escala de la mujer de la casa.

Ser un cabrón es bastante poco sano. No suma a ninguna construcción de sociedad. Destroza las posibilidades de algo mejor. Cierro con una perspectiva personal al tema, exponiendo muchos años mi punto de vista en estas vías: para enfrentar algunas cosas en la vida hay que ponerse en el lugar del otro. Si uno separa lo que la persona (el físico, la raza, su mapa sexual) no puede cambiar de lo que sí puede hacer (el campo de las ideas) probablemente el debate entre en vías mucho más sanas e interesantes que las que esconde el “debate chilensis” de la corrección política donde en realidad, se quiere bajo falsedades defender el derecho de atropellar al otro por lo que se es, dotado de una supuesta superioridad a lo que se cree. Y eso es peligroso.

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