La música chilena tuvo un año espectacular. Lo que queda pendiente para el cine, en espectadores, aceptación y militancia, diversidad y contenido lo tiene el rock y pop nacional. No sólo se llenan las nuevas propuestas y cada vez existen más bandas: la ley de música chilena fue la política impulsada por el Estado más latente, junto a las iniciativas de inclusión que generan indudablemente un país mejor. En un año donde muy pocas cosas se pueden destacar desde la dirigencia, negar eso es ser ciegos.

A partir del debate del 20% de música chilena en las radios (cuya recepción encima ha sido sumamente positiva por parte de la audiencia; te lo dice alguien que trabaja directamente al aire todos los días construyendo público en variados soportes), siempre explotó la posibilidad que se cerrara el proyecto Radio Uno. El proyecto Radio Uno es probablemente desde Rock & Pop lo más interesante que le pasó al dial: apelaba no sólo a una identidad, sino también construyó excelentes documentales sonoros sobre nuestra historia. Era una radio que no tenía target, sino que le hablaba a todos. Era un sueño de radio estatal (como existen hasta en los países más desarrollados) que incentivaba la creación y también quitaba de culpas a la industria radial que durante años se negó a poner ciertos artistas por “poco radiables”.

Reecordemos que durante años se escuchaba irónicamente más música chilena nueva en las páginas del diario que en las radios. También, hay que decirlo, se construyó con fondos, y eso es lo que por lo menos a mí me hacia más ruido: el monopolio de radios de Prisa en Chile para poder desarrollar un proyecto “no comercial” en su totalidad (porque espacios publicitarios tuvo) necesitó ir a dineros reservados a proyectos públicos. Pero la calidad y el trabajo de la gente que estaba ahí superaba esas dudas. Realmente, si era por ganar la plata para desarrollar algo así, la merecían.
Uno espera que el Estado tenga políticas para que haga crecer cosas y luego éstas se financien por sí solas. Que se generen emprendimientos e impulsos a buenas ideas. Y aquí por lo menos cumplieron todos. Y uno se debería parar y decir “bueno, estas cosas nos enorgullecen y qué bueno que existan”.
Eso debería pasar en un país normal, por supuesto: pero vivimos en Chile.

Radio Uno pasa a ser una emisora evangélica. Será arrendada. Espacio radioeléctrico público que es explotado por licencias será directamente traspasado a una iglesia privada. Muy discutible.
Los evangélicos tienen todo el derecho a tener una FM, si existiese una estructura que les permitiese competir por ello. Por eso, creo que Radio Uno no es un fracaso creativo: es también uno moral para la estructura de medios del país. Y vamos a tener que empezar a hablar de ello ahora que viene la crisis provocada por lo digital.

Que no te vengan con la trampa que es culpa de la ley del 20% de música chilena.
El movimiento tiene un simple motivo: la Radio Uno opera desde un monopolio con la viabilidad comercial de un supermercado en el desierto, lleno de carreteras cortadas. Eso, en cualquier país se discute, pero aquí estamos más preocupados de ser famosos, amigos periodistas. La gente abre Spotify en el celular, cuando el monopolio prefiere poner playlist temáticas sin presentadores. Porque con nobles excepciones así esta operando el mercado. Muy loco: tratan de imitar en analógico el digital. No funciona así en el mundo, en todo caso. Hasta Sirius XM tiene shows y Spotify planea poner podcast pronto.
Porque leamos bien la noticia. No van a vender la radio: la van a arrendar. Esto no es una noticia de las páginas culturales como muchos tratan de pasar por cobardía: es de las de economía.

Y ahí hay una noticia lamentable. Porque otros grupos de medios, marcas publicitarias o particulares podrían tener una frecuencia para otorgar empleo, por ejemplo, a muchos periodistas que no tienen pega, entre otras misiones igualmente válidas.

El Estado debería intervenir el monopolio licitando las frecuencias a otras empresas que las exploten responsablemente y que otorguen más diversidad en el dial chileno. Esa es la verdad.

No son responsables, a fin de cuentas. Ese es el problema. Porque cuando tienes una licencia debes ser responsable en su explotación para generar, pienso yo, quizás románticamente, un ecosistema ¿no?
Pero, obviamente, nadie pedirá eso: en las facultades de periodismo están muchísimo más preocupados que en la cafetería nueva de la escuela hayan donuts en vez de poner focos en la ley de medios y todo el resto de nosotros tenemos muchos amigos involucrados en el microclima, para decir realmente que esta jugada es otra señal que dañará más aún a la industria. No lo vamos a gritar porque vamos a joder a alguien que queremos y, pucha, yo lo entiendo. Pero, realmente, creo en una industria que alimenta familias y que podría funcionar como muchas del mundo. Pero para eso sería excelente tener una visión más grande.

Sería increíble. Pero no se puede porque, al fin y al cabo, somos muy pocos y la pega es poquita. Y podríamos enojar a alguien que no está tan seguro en su pega porque de algún modo, en una esquina de su cabecita, sabe que lo está haciendo muy mal.
Menos mal que existe internet.
Menos mal.