Estuvo entretenido el Festival de Viña. Catártico. Los comediantes, los excelentes shows musicales de Lionel Richie y Don Omar, las postales que dejó Di Mondo y el agua de Luli saliendo de sus narices. Los cuadros triunfadores de Natalia Valdebenito y Edo Caroe. El cierre espectacular de un verano de marejadas y días nublados. El final de un año chino cansado dirán los esotéricos. Un divertimento entre tanta mala onda sostendrá el resto del mundo.

Pero el cuadro increíble fue el regalo que Ricardo Meruane le entregó al país. A veces uno puede llegar a pensar que si Meruane fuese un personaje estadounidense tendría un show en HBO. Meruane fue, mal aconsejado, una conclusión de la catarsis: habíamos llegado al ridículo del odio. Y ahí estaba con un carro con papel confort y una foto de la pareja Dávalos Compagnon en un corazón de helio. Sólo Meruane pudo volver eso algo antitransgresor.

Pero a la vez, también con ese acto, develó que ya cualquiera puede decir lo que quiere. Que los fantasmas de izquierda de una falsa censura ya fueron y que el debate es sobre la entidad de los que hablan. Sobre si importa el que dice lo que todos saben que se dice. Si los que tienen que hablar porque han vivido mejor deben.

En esa lógica Meruane es el tío que tira chistes en el asado esperando otro pedazo de carne. Nada más, nada menos. Pero acá la lógica está volteada: Ricardo no es ya más víctima de una maldad televisada. Él se transformó en el sketch.

Un amigo escritor mirando el show me dijo “esto es peor pero mejor”: YouTube tiene el archivo donde Ricardo habla con una peluca, creyendo ser divertido. Hoy ya sabe que no lo es. Pero está ahí. Entendiendo su labor a la perfección: no es necesario serlo. Lo necesario es ser. Y estar desnudo, frente a una audiencia sorprendida por no ser sorprendida. Por volver a ver un hombre fallar de nuevo. Ver fallar al hombre que nadie quería ver fallar. Meruane es un Cristo incompleto, sin resurrección, sin gloria.

En un instante, el cambio generacional era evidente: ya no había pifias. Los fans de Don Omar pedían la Gaviota, como un acto de lástima y a la vez de consumo irónico. El rito desnudo: el artista desdichado da vuelta el juego cuando da pena. Y de pronto, daba pena que se fuese con nada.

Pero ahí, Meruane sorprende en lo impresionante de la propuesta: dice “yo vengo a trabajar, si quieren lo intentamos un ratito más”.

Y ahí nace todo mi respeto a Meruane: Meruane intenta y falla, pero no roba un premio que es de la gente. Es muy honesto y bello lo de Meruane. Es una poesía. La Gaviota es la fruta, el queso y la leche que te dan en el sur luego de días de convivencia forzada familiar cuando vas a ver al pariente.

Un amable, hermoso y muy chileno (es lo mejor que tenemos eso) “acuerdate de mí”. “Acuerdate de mí que vienes de tan lejos, que te queremos, que esto es lo que podemos entregar”, eso maravilla. Eso es la sonrisa genuina de Lionel Richie al recibir tan lejos de casa esa gaviota por premio a nivel planetario en un escenario inmenso. Es el más auténtico “te queremos, gracias por esto, desde este poblado”. Es el gesto que hacen los marcianos de “Toy Story” al declarar líder a un juguete ajeno.

Y ahí no. Fracasa. Y de pronto desea torturar a su audiencia. A ese montón de cabros que seguramente por ironizar le pidieron una selfie en la calle. Y alarga la espera a su show favorito: el reggaetón. Yo creo que Meruane torturó de vuelta. Construyó un mecanismo para burlarse de los que estaban ahí: de esa manga de pendejos pasados de listos. “Si van a escuchar eso, que merezcan todo esto”. Y los chistes interminables, sin entenderse, que seguramente aún se rellenan en su mente como una defensa del tiempo.

Cuando Meruane pide que “apaguen la luz pos loco” sólo piensa en la transmisión de la tele. Es viejo y conoce el truco: hacernos creer en casa que algo más pasa y por eso lo pifian. No porque se acabó el chiste. Porque no hay chiste. Meruane gana y nosotros perdemos. Porque todos los que pagaron ese ticket le pagaron a Meruane un sueldo, porque ser gracioso no importa nada en la era en que por un meme todos podemos ser graciosos por 15 retwits.

Grande Meruane. Un hombre mítico, a lo Andy Kauffman, que nos hace pensar en que no sólo la tele es cruel, sino Chile ante todo, también.

Las opiniones expresadas aquí no son responsabilidad de Publimetro