Hay gente que dice que ya no existe la izquierda o la derecha. Yo creo que están equivocados: lo que pasa es que no son los mismos valores estéticos en torno a los proyectos.

El proyecto más vinculante a la derecha fue el que triunfó como proyecto mundial, que es el capitalismo. Esto le exigió a la izquierda una reinvención. De alguna manera, la cancha obligó a mutar todo. Y parece ser que esa izquierda no transita por su mejor momento mundial. A veces le cuesta convencer y, al final, se queda fracasando en demasiadas elecciones y dando espacio a la cancha de fanáticos que tienen “más seguridad” y la proyectan en torno, por desgracia, a la violencia.

La izquierda siempre se reúne en torno a ideas. Cada individuo puede interpretarlas y es probable que por eso jamás logre la cohesión total. Pero, con el tiempo, la generación formada en torno al reality show y al avatar propio de la diferencia frente al colectivo también dañó uno de sus principales atributos: la idea del grupo. Al final, en la izquierda mundial hay competencia. Y eso ha terminado con los proyectos.

En esta sociedad donde todos somos distintos, pero a la vez queremos los mismos derechos para avanzar, hay una filosofía básica que se apodera de toda discusión y que transforma a todos en policías morales, acompañados, por supuesto, por la “luma” de las redes sociales. Ése es el “buenismo”.

El “buenismo” es la competencia de pulcritud imposible de ganar si no tienes ciertas características vinculadas históricamente a la opresión. Y se siente que los grupos más dañados por una cultura estén molestos. El gran problema es que de ese formato de discusión no se saca idea alguna: todo se basa en la emoción y en una fantasía de corrección que bordea el fascismo, al cual tanto critican los colectivos. Y aburre a las personas de a pie que no viven la política como deporte.

Y me da un poco de pena, porque la expresión máxima es lo que está sucediendo con muchos proyectos e ideas que se caen por culpa de la subdivisión más vinculante con el ego que la realidad en muchos casos positivos. Un mundo donde “todos son amarillos”, si no van en primera con un fusil invisible no es buenista: es “malista” con cobardía. Con una construcción de falsa épica donde habría que vencer algo que primero hay que analizar y luego corregir.

Nadie puede viajar al pasado para cambiar. Y negar el pasado es mala escuela, porque de alguna manera nos deja a merced de la mentira. Los seres humanos somos pueriles. Y de eso debemos aprender. Aprender es observar y cambiar.

Creo que este debate cultural encabezado por chicos de familias bien que de pronto se sienten mal por culpa y que contagian enervantemente a toda la sociedad, es no sólo agotante, sino más bien infértil. Por eso hago un llamado a que veamos donde están estos jugadores del conflicto donde, al final, todos los que no creen en sus valores son malos y tontos. No son los buenos.

Y la verdad, si uno les arma el árbol genealógico no tienen porqué venir a juzgarnos a todos.

Al que le caiga el saco, que se lo ponga. En una de esas, deja de flojear y apuntar al otro y se lo pone.

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