Es probable que la noche en que ganó Trump se haya terminado el progresismo como lo conocimos las últimas dos décadas.

Quienes consumimos cultura fuimos educados bajo estándares y modelos de respeto nuevos en relación a nuestros antepasados: desde la expansión del cable hasta la irrupción de las nuevas tecnologías, del final de la concepción de la Iglesia Católica como motor del debate hasta el matrimonio gay, nuestras vidas fueron rodeadas por el progresismo: el cambio en forma que derivaba en el fondo con nuestros comportamientos y nuevas preguntas.

El extraordinario cambio que la sociedad vive frente a los entornos de nuestros hermanos homosexuales, la toma de poder por parte de mujeres. Todo eso movió la brújula indudablemente a nuevos debates. Pero cometimos un error: dimos por sentado que eso bañó todo.

De las izquierdas a las derechas, pasamos de lo conservador al progresismo. Como un concepto de avance, integración y conversación. Y nuestra fiesta fue de lo nuevo, siempre.

Mientras pasaba eso, se construía nuestra burbuja: nos empezamos a rodear de gente que piensa como nosotros. Conservadores y progresistas construyeron un muro. Pero hubo una trampa en el progresismo: como técnicamente era de avanzada y por tanto muchísimo más prístino que lo anterior, comenzó una competencia que iba en contra de la idea de avanzar y educar: una mucho más parecida al capitalismo. La idea que se incubo, porque la cultura por sobre todas las cosas que ganó (y probablemente aquí hago una autocrítica, no nos dimos cuenta) fue la de aplastar al otro. Y arrasarlo. Y pegarle y darle como una especie de adicción.

Dejamos de escuchar a Villegas (ícono de lo retrógrado para muchos), pero nunca entendimos que existía gente que consumía silenciosamente sus contenidos y no estaba como nosotros gritando que estábamos en desacuerdo. Eso les pasó a los progresistas norteamericanos. Cometieron el error no sólo de ver al otro como un enemigo (cuestión que puede ser cierta en caso de llamar a ejecutar derechamente un acto violento), sino que lo subestimaron.

La noche en que ganó Trump todos los íconos del progresismo temblaron porque se dieron cuenta de un concepto subterráneo torpe y muy propio del ego: “Los tontos son más”.

Y es que no son tontos, sino que no saben y viven en la misma burbuja que tú, pero en reversa. Y descubrieron que son mayoría.

¿Qué se puede hacer frente a eso?

Bueno, siempre seguir del lado correcto de la historia, que es el del avance. No entramparse en una repetición constante de hechos en una burbuja de filtros tipo Facebook, no quedarse sólo con la indignación y tratar de buscar un cambio cultural y estructural. La combinación de esos dos será la que generará una mejor sociedad. No será por separado.

Lo interesante de todo esto será el nacimiento de algo nuevo. Las protestas, el enojo. Estamos frente a un nuevo Reagan en un mundo más parecido al de un videojuego de terror que al de los vaqueros. Eso es seguro.

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