La foto de una chica feminista pateando el trasero de un muchacho autodenominado “provida” no deja de ser un hito que refleja las diferencias que nuestra sociedad ve en el otro.

No quiero caer en la trampa que nos plantea Eugenio Tironi cuando usa la palabra reconciliación a propósito de una arremetida laguista propiciada por culpa de una juventud que no vota. Cuando se plantea algo así, técnicamente habría un conflicto entre dos bandos y habría que sanar esa grieta. Me parece que la cosa es un poco más compleja que una separación tipo Guerra Fría.

 En las últimas elecciones democráticas la ciudadanía dio un diagnóstico claro: la mayoría de la gente quiere cambios. Esos cambios han sido sistemáticamente torpedeados por gente que trata a este país como un pequeño fundo donde su estado anímico gobierna (y sus traumas también) y por supuesto por la banda de consumidores de migajas que hacen cadena del desánimo en diversos medios de comunicación para pasar la factura de la casita en la playa.

Los masajistas de cierto periodismo que creen que son como los que tienen más por replicarlos. Es un delirio. Es como un mundo donde no existen las mayorías. Simplemente no les gustan las reformas, lo cual está bien. Pero tampoco proponen (y es lo que más me preocupa) una mejor solución. No hay otro plan que no sea dejar las cosas como están. Lo mejor sería ser cínicos y dejar que ciertos puedan (por plata) y ciertos no.

Eso es crear una división verdadera. Porque algunos sí lo hacen, pero se lo niegan. Tampoco uno pide que lo griten si no les gusta y se entiende que muchas veces las familias pasen por apendicitis u operaciones al tabique otras opciones, pero eso es una opción.

Hay unas que no tienen opción. Qué locura. Tampoco tienen sueldos iguales a los de los hombres y mucho menos son escuchadas de igual manera. Uy: parece que son ciudadanas de segunda categoría sólo por tener genitales distintos a los míos.

Por supuesto la cosa es escuchar y mejorar en torno a los menos para no atropellarlos, cuestión que sería de una torpeza insoportable, pero no pueden ser los menos los que tomen las decisiones.

Eso es negar al otro. Y ahí es donde vuelvo a la foto.

La negación del otro viene enquistada en lo más profundo del ethos antiaborto. Básicamente plantea que no sería la mujer capaz de procesar en ninguna de sus condiciones (desde una violación hasta una causal terapéutica) una decisión de este tipo. La caricatura empuja a que poco menos las mujeres abortaran como si fuesen a pedir un café. Eso destruye todo tipo de contexto.

Y eso es lo más brutal de las declaraciones de la semana pasada de varios personeros de la derecha: un mundo sin ningún contexto con una desconexión de la realidad preocupante.

La foto no es analizable hoy. La foto será posible de ver en su dimensión total en 20 años, cuando nos sorprendamos de los debates de nuestra época. Cuando se muestren los panfletos repartidos donde se plantea que con fetos se hacen maquillajes como parte de una campaña de distorsión total.

Estoy seguro que nadie milita en el aborto como quien abre una cañería para el agua. Lo que uno adopta es la posición proelección, ya que creo que es un llamado a la confianza de nuestras mujeres en su mejor decisión. Sea la que tomen.

Esto no es sólo sobre el acto, es sobre qué entendemos como la decisión y la forma en que la mujer en Chile es percibida, vista, como un ente responsable y cerebral y no sólo como un dispensador de niños.

Hoy obviamente la foto nos provoca rechazo, como toda forma de violencia. Pero también es violento usar a niños con Sindrome de Down en las manifestaciones frente a las cámaras. Es utilizar infantes con capacidades diferentes con un motivo político. Eso también es de una agresión tremenda a nuestra capacidad de debatir ideas y transformarlo todo en el imperio de la emoción, la pataleta y el olvido de la confianza. En un mundo lleno de negación.

Quizá la niña de la patada en 20 años sea una Rosa Parks para el movimiento feminista chileno. Quizá en 20 años esa foto desnude que había un abismo entre dos clases que jamás hablan de clases porque una lo sabe y la otra no sabe que existe.

Quizá es mejor verla con el paso del tiempo, después de las votaciones del Congreso y descubrir si el tiempo nos sigue mostrando como un país escaso de regulaciones y atropellado por una cultura sobre nosotros que no elegimos, que nos rodea con nombres de santos en calles y supermercados y que finalmente parece ser que se desespera frente a todo avance que indique que estamos en pleno siglo 21 y no en medio de la Inquisición.

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