¿Cuántas veces vimos el fin de Twitter? ¿O el fin de Facebook? A propósito de una nota en el New Yorker de un respetado periodista (Joshua Topalsky, el creador de The Verge, uno de los mejores sitios de tecnología y cultura) se ha levantado la polvareda que Twitter se rompió. Las críticas son a la gestión del negocio y la falta de control sobre la agresividad de los usuarios.

Yo tengo una lectura sobre lo que pasa: la mayoría de la humanidad, sin duda, no está educada en los mismos cánones y no tiene las mismas herramientas. Esa es la peor desigualdad.

Es como si un enfermo de un problema a la vista no pueda tener acceso a los mismos lentes que alguien que sí tiene dinero, viviendo y teniendo el mismo presupuesto. En ese sentido, la carencia de educación es una negativa.

Las opciones a educarse deberían ser una vocación humana, con los accesos, para poder sobrevivir cuando las máquinas son más inteligentes que nosotros. Lo que a nosotros nos podría parecer una estupidez (me integro en el nosotros no como un ser tocado por el cielo y elegido, sino como un ciudadano que fue al colegio, nada más) a otros les podría parecer una genialidad.

Ejemplo: los rayados sobre el monumento a Malvinas. Es altamente probable que desde la perspectiva de trabajar en medios (e intentar educar a alguien, que es siempre una máxima soberbia, pero es mucho mas altruista que fomentar el caos) obviamente haya que condenarlo.

Y personalmente lo condeno y espero que se aplique todo el peso la ley sobre esas personas. Pero eso es mi caso, y de los que consideramos que ese es el orden lógico para mantener el respeto. Pero en la mayoría de las veces, el respeto es relativo.
Hay quienes no creen en eso de ningún modo y es cosa de ver los comentarios de los portales donde se celebra o existen quienes dicen “no sean cínicos” como si hacer lo que uno se le cante la gana sea un valor a celebrar, sin siquiera tocar al individualismo imperante per se.

¿Entonces el problema es twitter o son las personas que usan twitter?

Yo creo que la segunda. Y está pasando un fenómeno notable: la democratización del escribir está empujando un final de la entidad. Ahora escribir es algo que puede hacer cualquiera. Escribir bien es algo que pueden hacer unos pocos. Poner una idea, muchos menos.

Antes quienes instalaban ideas eran bien vistos y referenciales y desde las universidades instalaban los cánones en la era de los libros.

 Hoy eso ha perdido peso. Porque en realidad, el amor al conocimiento, la filosofía, se ha perdido para ser reemplazada por una cultura “acabronada”. Un lugar donde a nadie le importa el otro.

Ha muerto el otro. Y sin el otro, no hay posibilidad de trascendencia.

Hace unos días hablaba con una amiga de eso. Ese es el gran problema millennial: el otro accede a una realidad editada de la persona. La mejor foto. El mejor video.

Entonces, al ver eso, empieza a cultivar, sin duda, un enojo. Porque se mira a si mismo. Ve que el otro tiene lo mejor. Pero realmente no es lo mejor. Y se multiplica.
Y ahí está la foto del postre. O de la playa. O del vacío de Instagram.
Y el valor de celebrar el arte, los libros, lo que hace otra persona está editado ni siquiera a una palabra o celebración. El like sintetiza como un rush dopamínico el gusto. Pero no hace creer, no hace decir, no invita a hablar. Solo es un “ah que bueno”.
No creo que estemos en el final de las plataformas: estamos camino al final de las entidades. Una sociedad capitalista desde los datos, no desde las emociones, como la que vivimos 20 años.

La información de cada uno es un pequeño voto sin rabia y lo importante es ese flujo, nada más.

Para poder crear otra realidad, es probable que nuestra propia rebelión tendrá que ver con algo que todavía las máquinas no pueden configurar esa mezcla extraña entre el deseo y el afecto.

Esa química que como un tetrix no se puede desarmar al momento de ingresar al siglo 21.

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