Los noticieros presentaron los resúmenes del año. Un año muy intenso. Un año pesado, duro, cansador. Un año para aprender a través de los golpes, no tengo duda de ello.

Terremotos, conflictos políticos y, ante todo, desconfianza fue lo que explotó en cada diálogo y esquina. En cada conversación, en cada posteo.

También ganamos la Copa América. También le contamos al mundo de qué somos. Nos recuperamos de un volcán a la velocidad de la luz. Nos levantamos de los terremotos. Nos pegan y seguimos avanzando.
Los chilenos hoy creemos menos en los vecinos, en los amigos. Hoy parece ser que estamos abandonados y cansados por un montón de lugares donde no nos sentimos escuchados.

Los chilenos dejamos de ser la isla de la fantasía este año. Encontramos finales de inocencia gigantescos. Encontramos nuestro ideal quebrado. No estamos en una copia feliz del edén exactamente, sino más bien en una versión fallida y descolorida. Pero eso fue el año pasado y no es malo empezar a analizar qué falló o que es lo que nos empuja a sentir miedos y cansancios.

¿Qué cosas aprendí que pueda compartir con ustedes? De partida, aprendí que no todas las cosas se pueden controlar. Que siempre aparece un pariente torpe, o una nuera que hace mal las cosas. Eso se puede aplicar desde compañeros de trabajo hasta a parientes indirectos.
Finalmente, es la boca lo que vuelve a la especie humana misteriosa. El lenguaje y las construcciones que nuestras palabras (silencios incluidos) proyectan sobre los demás.

Aprendí de que no por tener plata vas a tener un pasar seguro. Que las sensaciones que vas dejando en el camino pueden volver por tí. Que no puedes ignorar el escenario por más que quieras crecer y crecer. Eso fue lo que pasó en el caso Penta. La basura, a veces, se acumula demasiado debajo de la alfombra.
Y en algún momento, se nota. Se nota como la libertad. Y como la entienden algunos. Unos piensan que es más importante agradar a los otros que ser libre. Eso pasó con Charlie Hebdo. El mundo no está preparado para un debate maduro,  en especial desde Chile, de entender que quizás siempre las pasiones e ideas no son para un vida o muerte.

Hay quienes son capaces de morir, asesinar, matar por una idea o una religión, pero no son capaces de entender que eso es el fin de construir cosas. Construir cosas también se puede desarmar. Como que a todos nos pasó eso en algún sentido.

Pero lo que sí me garantizó no deprimirme fue en realidad no parar.
No parar, de paso en paso, en un año difícil me entregó en lo personal las garantías de no bajonearme cuando los sueños se quiebran o acaban; sueños que muchas veces son dependientes de los otros. Esos otros que los rompen a veces no dan la cara, pero empiezas a explorar como son o a que cosas están amarrados y, lógicamente, es mucho mejor estar del lado de la vereda de los que siguen haciendo y no manteniendo simulacros de status quo.

La empatía. Ese valor. Ése creo que es el más fuerte de todos este año, un año complejo y pesado. Pero no por eso poco humano. Por ello si hay algo a lo que tengo que invitar a los que me leen y me siguen es que si podemos hacer algo el 2016 es ponernos en el lugar de los demás. En pensar que no todos somos robots, que pueden ir y ser humillados. Que después de todo en cada persona hay un mundo y ahí dentro hay dificultades, sueños, aventuras y. por supuesto, deseos. Si podemos ayudar a que esos deseos se hagan realidad, estamos bien.

Muchas gracias por permitir leernos todo este 2015.


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