¿Qué tiene en común un millonario youtuber y una figura de archivo? ¿Qué tienen que ver con la calle? ¿Qué dice la calle cuando los ve?
Están pasando cosas. Démosle una vuelta.

Lo que tienen en común la muerte de Patricio Aylwin y el video de Andrónico Luksic es la interacción forzada de los seres de un tiempo con los de otro. Aylwin aparece en la crisis de confianza como la esperanza de los políticos de viejo cuño de renovar el compromiso con sus audiencias pasivas. Con los moderados. Con los que “están en lo correcto” por estar “en lo correcto” desde su “sensación de lo correcto”. Como dijo el gran Renato Garín: “A través de él, quieren gobernar el presente”.

La muerte de Aylwin fue lo más parecido a un especial de Navidad televisivo donde se reunió a los grandes protagonistas de los 70 y 80 para conmemorar esa época en la vida donde todo parecía posible, desde tener el poder de derrocar a un gobierno elegido democráticamente hasta ganarle con el voto a un dictador. Cuando eran jóvenes los jóvenes de ayer. Cuando Chile era un videojuego que se podía controlar por el diario.

Frente a los jóvenes de hoy, que están dejando de serlo, los de ayer se encrispan. Les molesta la retórica de Boric, la pureza de Giorgio, la convicción y seriedad de Camila. Les molesta porque de algún modo les recuerda lo que fueron. Les recuerdan sus mundos sin autos caros. Les recuerda que no son paladines, sino más bien administradores. Esos que siempre despreciaron. Esos a los que te obliga a transformarte el mundo cuando miras el último estado de cuenta.

Por eso es tan interesante ver los choques generacionales. Era increíble ver la escasa emoción que provocó el funeral de Estado en la población. Cuando el cuerpo de Aylwin cruzó Recoleta, me acordé inmediatamente de la muerte de Felipe Camiroaga. De ese funeral de estado real, del canal del estado y del estado de las cosas. De esa sensación de demasiada soledad.

En cambio lo de Aylwin más allá de esos momentos de archivo hermosos, de esas palabras, de los gestos que se llevó el viento, no fue más. Por eso entiendo a los muchachos de la Confech, aunque no estoy de acuerdo con su salida porque los expone a las patadas y no les muestra el discurso: para ellos, la muerte de Aylwin despierta probablemente la misma emoción que estudiar a Balmaceda en el colegio. Es un personaje histórico.

Aylwin es una estatua y a esta hora los escupos virtuales recibidos ya están secos. Esas bocas están hablando de otras cosas en los recovecos de Snapchat y Facebook. Ya hay otras historias compartidas. Ya es más importante Jefferson de Axe Bahía.
Por eso es bueno hablar con el tiempo. No inmediatamente.
Luksic habló con el tiempo.

Cuando escuché a Gaspar Rivas en la radio no pude dejar de impresionarme. La histeria urgente. La desesperación y el tono alto. Lo innecesario del insulto pero a la vez, el reflejo de la sociedad en que vivimos en donde todo se fue un poquito al carajo.

Inmediatamente pensé: el problema de Rivas es que cruza el límite desde una organización donde uno espera otro nivel de debate. Y la puteada por la puteada no cabe, porque el día de mañana alguien puede titular “el afamado pedófilo” junto a cualquier nombre porque parece que no importa nada.

Y ahí es donde coincido con Luksic, y obviamente vendrán los que dirán que se defiende al poderoso y no tiene que ver esto con una pelea. Por lo menos en el “cómo” no tiene que ver con el poder: tiene que ver con los códigos con que uno se comunica con las personas. Y qué tan persona uno ve al otro. Rivas no ve a Luksic como persona pero Luksic nos pide que lo veamos como una y por eso dice que sus hijos le dicen “papá, nadie te conoce”.

Me parece que Luksic y Rivas o Juan Pérez tienen dos cosas en común: una condena social les afecta. Luksic hablo desde eso. ¿Es cierta esa condena? Que hablen los que la tienen clara. Ahora: para nadie es cómodo un “hijo de puta” y está bueno que lo responda como quiera. A pesar de que admite algo alucinante: más allá de lo que haga, en Chile, será el malo igual. Si no va a tribunales o si va.

Y lo segundo es que hay un problema en la etiquetación de un cualquiera desde el “cualquier cosa importa”. Porque si alguien comete un delito existen los tribunales. Y Rivas nos dice todo el tiempo: “Hey, miren lo que dije del poderoso”, pero no lo veo llevando la documentación. Por lo menos vi a Luksic admitiendo su poder. Y es que es lógico: en Chile, con plata, tienes poder. ¿Es bueno eso? No, porque con poder, y por tanto con plata, haces cualquier cosa.

Me preocupan los términos. Me preocupa la banalización de las palabras. Porque de algún modo si nada importa es oficial: estamos en el Far West. Más de alguno dirá: “Oye, pero es una puteada y es nada comparado con…”.

No sé. La condena social es fuerte. Ahora todos hemos visto a Luksic vuelto un meme y no un mensaje. Y eso es lo que no entienden los adultos al dejar de comprender la distancia entre su generación y la nuestra.

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