Hace una semana visité Israel y Palestina. Estuve en Medio Oriente interesado no sólo en el hecho que hace 2.000 años discutimos del tema, sino por la inquietud que me generaba cuánto influía cruzar la cordillera y ver que había otra perspectiva en los diarios.

Por eso, estar ahí es alucinante. Es la cuna de nuestra cultura. Es entender y conversar, cosa que nos falta bastante de estos lados.

El primer punto sobre el debate Israel-Palestina no se puede reducir a un partido, no es como si fuera un superclásico de fútbol y mucho menos pensar que el Daesh es la final. Esto es mucho más complejo. Como me dijo un experto en negociaciones: "Estamos frente a un problema de dos víctimas y un error es decirle a la otra que no lo es, porque dobla la victimizacion, lo cual no conduce a nada". Y es cierto, porque -por lo demás- trae en estos tiempos de redes sociales una trampa cultural anexa: unos pueden exhibir a los muertos con orgullo -e incluso hasta transformarlos en un meme digital que impone una sensación sin contexto- y los otros se esfuerzan por esconderlos porque -a nuestra manera- en Israel (y en todo Occidente) vaporizamos mediáticamente a nuestros muertos. Escondemos las fotos de sus cadáveres.

Uno no los puede juzgar. A ninguno. Al dolor no se le puede juzgar. Por eso estoy de acuerdo en la teoría de las dos víctimas.

Porque si el debate se pasa al campo emocional, a la primera los buenos serían los que parecen buenos y no necesariamente los que de verdad lo son. Yo mismo me vi enfrentado a preguntar por la vehemencia de los argumentos a favor de Hamas: "Vamos, si estos van y le dan con el Hamas, debe ser por algo". Y no, el Hamas es efectivamente un retroceso incluso para su pueblo.

Porque mientras hay pobres palestinos en Gaza que se mueren de hambre, hay un grupito corrupto que se la lleva con pala y cuatro esposas por pack. Incluso me atrevo a decir que hay dos Palestina, y una de esas es la que hay que cuidar. Y si una solución es el divorcio (isla artificial de importaciones incluida como algunos plantean) que no te extrañe que hay varios que se pasarían al otro lado del muro. Estoy seguro: Israel es una nación próspera y organizada y no los van a borrar, aunque fantaseen con eso los nazis alocados.

No puede ser que con la cantidad de recursos inyectados (yo vi los camioncitos cruzando a Gaza, no me la cuentan) la mejor educación de Palestina la tengan donde hay funcionarios de la ONU. Hay alguien que les está robando y parece que lleva turbante y no un kippa como se impone desde el prejuicio.


Cuando aterricé en Israel prendí el televisor del hotel y en un programa de humor tipo “The Daily Show” salía un móvil falso desde Bruselas en plan chiste donde estaban dos tipos vendados y heridos. Y es obvio: las explosiones allá (o los incidentes) son como nuestros temblores. La vida es así, nomás.

Por eso es interesante conversar con la calle en Tel Aviv, en Ramallah, en el lugar de los hechos. Ir a una barbería de inmigrantes multicultural. Dialogar con la calle, la academia, la política. Como soy ateo y vi Jerusalén como un Disney de la religión, puedo decir algo sin tanta emoción. Digamos la firme: acá no cuentan todo. Ya van más de 160 acuchillados israelíes desde octubre. ¡160.! Y no es un titular grande en Chile, porque para eso podemos poner la foto del soldado apuntándole a un acuchillador y sacar muchas veces de contexto lo que pasó ahí. Eso es más brutal que todo. Que sólo exista una historia no ayuda a nadie.

Mientras unos ven todo como un partido crece el islamofascismo al cual estamos obligados a ponerle orden antes que nuestras mujeres sean víctimas de ser máquinas expendedoras de bebés y nuestros muchachos productores de familias para recibir sueldos de extremismos viejos.

Por eso hay que trabajar en corregir y buscar un proyecto de integración real para que la tercera generación de hijos de inmigrantes no piense que la solución está en el Estado Islámico ni en ninguna estructura identitaria separatista que a Hitler le daría orgullo.

Estamos obligados a hacer algo en nuestras conversaciones.

Cuando me fui de Israel, un amigo me dijo: "Mira, yo no trabajo en los milicos, soy chileno y soy judío y quiero regalarte esto".

Era un pedazo de un misil. Le cayó en la puerta de la casa. Mi amigo no sólo es judío, no sólo vive en Israel, es también una persona. Una persona que está aburrida de que a él, igual como a la mayoría laica de ese país sigan tratándolo en los comentarios de Emol con los mismos términos con los que intentaron llevar a sus abuelos a una cámara de gas.

Pensemos más. Hablemos mejor. Esto no es un superclásico. Es sobre personas.

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