Soy un convencido que en Chile todos los debates atrasan. Los educativos, siempre parecen más inspirados en la voluntad que en el plan de soluciones, lo cual provoca un diálogo de sordos donde unos se basan en los intelectos y los otros en el dinero. En los medios la inspiración es la fantasía y creer que los otros son mejores que uno (muchos periodistas gozan de una ingenuidad inconmensurable, mezclada con una potente dosis de mesianismo) y por tanto deberían preferir “estas ideas” frente a toda la oferta de instintos básicos disponibles para su satisfacción. Todo esto acaba por supuesto en frustración, porque “nunca podemos entender cómo los lectores prefieren esto frente a esto tan bueno que les ofrecemos”. En general lo “tan bueno”, salvo honrosas excepciones, es súper aburrido y escrito en códigos inextensibles, fuera de cualquier microclima.

Bueno, en la economía por supuesto pasa algo similar. Hoy estamos en una época donde las aplicaciones se han vuelto intermediarios de cosas. Son medios, pero no sólo de comunicación, sino de uso de cosas que no están usadas.

Eso es lo bello de Uber. Recuerdo que esta columna hace meses fue la primera en contar por estos lares del conflicto de la Ubereconomía. Esta semana, el gigante anunció que iban a empezar a recibir pagos en efectivo. Esto expande a un sector no bancarizado un servicio online. O sea, llegará a una nueva audiencia.

¿Será bueno esto para nuestras ciudades? No lo sé, pero cada vez más gente usa Waze que complementa con Uber. Y se podría construir el día de mañana un sistema para poder calcular en base a esos datos el tránsito con nuestros autos. Y tal vez diseñar un sistema de transporte para humanos de verdad en base a ello.

Porque la tecnología realmente está salvando a un mundo bastante inhumano desde lo político o lo social. Las redes sociales, por ejemplo, son increíbles, el problema es muchas veces las personas que los usan.

Cada innovación tecnológica es un cambio en nuestra economía. Por eso el fenómeno de Pokemon Go es alucinante: de partida expande varias generaciones de consumidores. Entre ellas quienes son padres hoy y van a compartir el juego potencialmente con sus hijos. Pero no sólo eso: el juego se basa en localizaciones. En lugares físicos. En esos lugares estarán esos Pokemon 3D. Y esos pokemones 3D por supuesto pueden ser llevados estratégicamente por auspicio a ciertos lugares. Esos lugares pueden ser cafés o restoranes. O sea, el juego no es en casa, en el computador, comprando elementos para expandir la experiencia como nos habían acostumbrado las consolas de videojuegos en los últimos años de manera bastante inteligente (es siniestro descubrir que sólo compraste una parte del juego cuando lo pagaste hasta que te conectas a internet), sino afuera.

Y afuera, por supuesto, que pasan cosas. Va a ser muy cómico ver en protestas personas capturando pokemones. O encontrándolos en medio de piezas de moteles. Pero también iremos con esto entendiendo el cómo nos movemos a pie. Cuáles son nuestras rutas. Y nuestra pequeña data construirá big data que no sólo hará de esto juegos, seguramente.

Mientras, en Chile siguen los debates viejos y propuestas copia de la copia de aplicaciones vestidas bajo trajes de innovación. Chile, que podría ser el lugar del próximo Pokemon Go o de la próxima serie de Netflix que conquiste el mundo, seguirá observándose el ombligo y atrasando sin detenerse porque el problema principal hoy es nuestra actitud isleña y alejada. Incapaz de invertir en innovación real y muy acostumbrada a prestarle plata al que conocemos para que haga su proyecto. Pero bueno, ese problema terminará sin duda solucionándolo la lógica de ciudadano del mundo, que podría ser una mirada chilena, pero es imposible, porque el chileno en economía es pirquinero: mira el filón. Abusa del filón a la primera y es incapaz de desarrollar relaciones de negocio a largo plazo.

Por eso estamos donde estamos y nos están vendiendo Pokemon Go en la appstore. Pero mejor es disfrutarlo sin pensar que ese dinero podría venir hacia gente como nosotros.

Por triste que parezca.

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