Los extremos se topan: la extrema izquierda y la extrema derecha no quieren participar del proceso constituyente. Hay unos que encuentran que no cambiará nada y otros que piensan que va a cambiar todo. Hay unos que apuestan a que el odio se mantenga y explote en violencia. Hay otros que apuestan por la fantasía que esto el país se vuelve la Venezuela del Pacífico. Porque finalmente no quieren al país, tampoco lo conocen.

Creen que el chileno actuará como un venezolano porque no conocen ni al chileno ni al venezolano. Les gustan las playas de Venezuela, y que el chileno les sirva bebidas sabrosas en una bandeja. Sin que converse. Que no critique. Que no sepa. Que mejor se quede ahí. Que pague las cuotas de esa universidad que no le da trabajo ni dignidad, o se atenga a las consecuencias. Que se mantenga manejando el Uber. Porque prefieren eso, un sicólogo precarizado manejando un taxi, antes que lanzar las preguntas cruciales de nuestra convivencia democrática.

Por eso, quiero armar mi propio cabildo constituyente. Quiero aprender de otros chilenos. Quiero escuchar incluso a aquellos con los que no estoy de acuerdo. A los que no son mis amigos. Quiero conocer a los que no conozco. Porque vivo en un país donde todos estamos separados, en pequeñas islas culturales, en guetos educacionales. ¿Para qué vivir tan separados? Si, como dijeron Los Jaivas, “la tierra nos quiere juntar”.

No creo que por decir esto sea militante de un gobierno. Porque el Estado y la Constitución son de todos. La democracia es de todos. De todos los chilenos, de todos los colores, las creencias, las formas, las miradas, los errores, los aciertos.

Esta es una posibilidad de equivocarse y de acertar juntos. Han sido años tan grises. Han sido tiempos tan dominados por la eficiencia tecnocrática, a la vez que el enojo y la incapacidad de conversar. Del crecimiento económico y el decrecimiento espiritual.

Hay aristas que me incomodan del proceso. Una es su comunicación new age. He visto a funcionarios definir el proceso, por los medios, como “la búsqueda de una gran casa común”, como si fuera una especie de promoción de tienda de taladros.

Sé que no es culpa de ellos, porque seguramente cualquier movimiento que salga de “la buena onda de construir un país” (un discurso Eli de Caso) sería utilizado por los detractores de la sola idea de conversar de la Constitución para arruinar el proceso y mantener todo igual. Porque hay personas que están dispuestas a sospechar de lo más mínimo para arruinar el proceso.

Por otro lado, también llego a comprenderlo porque el chileno estaa infantilizado. Muchos dicen, desde el progresismo con iPad, “oye, pero mira, está lleno de monitos”. Pero si lo lees bien, todo el debate está conducido a unos blancos y negros tan de barrio universitario, tan de “Entre Latas”, tan del debate cabeza caliente.

Quienes más lo critican es una generación que no quiere proponer. Que no quiere ganar. La izquierda que quiere empatar a cero esperando que la barra brava se decida a invadir la cancha.

Por otro lado, está la ultraderecha, que nunca quiere conversar. Y que niega al otro. Y piensan que toda la República se basa en una economía. Como un videojuego donde todos nosotros somos pequeños dibujos sin necesidades ni sentimientos. Autómatas del producto interno bruto, monotemáticos del consumo y el Ipsa.

Por eso es bueno participar. Y hay varias formas. Hay que empezar por visitar www.unaconstitucionparachile.cl y ahí están las opciones para que puedas decidir cómo hacer escuchar tu voz en esta conversación.

Puedes participar a través de un simple formulario individual -para el que no le guste conocer al otro, al misántropo que también es chileno- y también puedes sumarte a un encuentro local u organizar el tuyo propio, que es lo que te recomiendo, porque creo que al final vale la pena ver a ese vecino que no conocemos. Darse el espacio para la incertidumbre, la que mira para adelante y sabe que el país hay que armarlo y amarlo.

Porque rearmar y reamar son procesos. Chile, a veces pienso, es una vocación. Nosotros hemos optado por vivir aquí en este acantilado geográfico y emocional. Cuando los chilenos salen fuera descubren lo que son, decentes, generosos, esforzados, amables. Está adentro de nosotros. Nos quieren, aunque nosotros ya no nos queremos. Nosotros pensamos que somos lo peor, que los números no dan, que no podemos contra esto o lo otro, que todo se juega en la cancha del pesimismo, del excel y el powerpoint.

No amiga, no amigo: nosotros tenemos los poetas y antipoetas más grandes del mundo. Los delanteros que nacieron en la cancha de barro y después han conquistado el mundo. Tenemos los presentadores que abren las almas de América Latina. Los escritores, los astrónomos.

Miremos arriba. Aspiremos a más. Hay que armar una Constitución de nuevo, entre todos, para que no sigamos en los candados de la historia que han hecho tanto daño. Hay quienes creen que estamos en búsqueda de una casa común: yo me pondría contento con que miremos las estrellas.

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