¿Qué tiene la televisión que otro medio no tenga? Los diarios contienen ideas (cuando son buenos) y las revistas, grandes conversaciones. La radio es compañía. Pero a pesar de ser bastardeada por los intelectuales que no entienden la instancia de reunión que produce y la enorme posibilidad de llegar a mucha gente con su lenguaje, la televisión tiene algo muy especial.

Yo viví como todos los que son adultos la época en que era realmente relevante trabajar en la industria de la TV: cuando la gente esperaba afuera de los canales y se ilusionaba con sus oportunidades y concursos. Cuando un político podía decidirse por el sudor que corría en su frente durante el debate. Cuando lo más parecido a una red social era una oficina o un colegio.

En medio del trabajo de sus escenografías, de los iluminadores, de los productores desesperados fumando un cigarrillo, del show, he desarrollado parte de mi carrera en medios. He dormido en oficinas, he mirado domingos completos a otro compañero mientras no se hacía nada en las vigilias creativas por formatos que partían de una forma y acababan en otra.

Hemos dejado cuadernos, archivos de word, diseños en el camino. Y siempre volvemos a intentar algo que sabemos que mata nuestros tiempos con la familia, que tiene la opinión de mucha gente (demasiada, a mi gusto, más aún con Twitter encima) y que es escaso.

Ese es el don de la TV, aún. Es escaso. No hay millones de canales como YouTube. Son pocos. Y son estructuras en sí, de producción, comercialización, promoción.

La TV es en sí, enorme. Hay ferias mundiales donde se venden latas con programas y se arman las parrillas. La tele no es el que aparece: son los guionistas, los periodistas que escriben, la tensión del aire. Es el diseñador que pone una placa. Es el tipo que dice “hagámoslo”. Es el que valida el presupuesto, el que firma el contrato, es la secretaria. Es todo esto y mucho mas. Y al final, es un flashazo. Es un esfuerzo enorme por un flash. Por ese instante en donde la cámara corre, el estudio se prende y alguien saluda. Esa adrenalina del “corte y ya volvemos” donde todo puede pasar.

Alguna vez, definí el ejercicio (cuando hice “Vigilantes”) como el “permiso de la gerencia para llevar un camión con bencina y explosivos de un punto a otro de la ciudad”. Todo lo que se dice, todo lo que se interpreta o piensa, todo lo que está ahí, está al desnudo. Es peligroso. Es delirante a veces, pero ante todo es vértigo.

La tele, la buena tele, siempre es emoción. Es lo único que queda. Si no, es una guardia del fin del mundo con hombres y mujeres de traje. Es la espera de un dentista. Esa es la mala tele. Porque incluso la tele solemne tiene la gracia de escucharse. Si no, es una voz rara como la de la profesora de Charlie Brown.

Volver a la tele no es cómodo. Nunca. Siempre pasa por comités y angustias, y decisiones y opiniones. Un programa “se puede caer” porque no le gusta lo que dijiste a alguien, de un momento a otro. Un programa, que es un archivo excel frío está lleno de angustia.

Pero ha ocurrido un milagro. De vez en cuando pasa. Es como hackear la estructura. Es un error: será corto, sólo será de 12 capítulos. Es un contexto: la gran amabilidad de Carlos Poirrier y la gente de UCV. Es una rareza: lo producimos con un equipo joven de internet, de mi blog de noticias que se llama Mejor Que La Televisión. Armé una escenografía propia desde la autogestión. Hemos construido tecnológicamente un mundo que cuando empecé era imposible: desde nuestras propias oficinas transmitiremos y registraremos y animaremos el contenido en formas que no se han visto. Hemos diseñado, como cuando Walt Disney mostraba los planos de su parque, nuestro privado Disneylandia.

¿Que haremos con eso?

Bueno, como es una oportunidad para pocos, la compartiremos. Tendremos música, aunque nadie lo haya pedido. Tendremos arte, aunque no haya espacio para eso en la tele, también opinión e ideas aunque cada vez haya menos de eso. Lo haremos porque tenemos la oportunidad. Porque es mejor incendiarse que enmohecerse y porque por fin un 11 de septiembre puede pasar algo bueno.

Los invito a mi llegada a UCV desde el domingo 11 de septiembre a las 22:30. Espero que les guste la idea. Se hace con el cariño de siempre. Están todos invitados, a esta fiesta. Es gratis. Y eso no pasa muy seguido.

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