La dictadura militar chilena tuvo muchos triunfos, pero el principal, su acto de oro sólido fue afectar a la cultura del chileno de a pie. Una cultura que no tiene que ver con las bibliotecas o con las obras de teatro. No, tiene relación con nuestro trato y relaciones con el mundo en el día a día. Con nuestras formas de comprender lo que pasa y nos rodea e incluso con cómo solucionamos nuestros conflictos.

Es ahí donde nace la antipolítica. Pinochet era profundamente antipolítica y antipolíticos. Los criticaba y sometía a su lógica todo designio de corrupción, aunque él y su familia hayan sido profundamente corruptos como cuentan las investigaciones.

Eso se traspasó. Por supuesto, nuestros dirigentes absolutamente desconectados de la realidad hicieron una campaña extraordinaria, con la cancha en contra. Sus torpezas, manifestaciones de censura e incapacidad de salir mentalmente de sus redes familiares y casas de patio grande en mayoría les provocaron un profundo daño. Se olvidaron del mundo sin aire acondicionado y lo peor de todo es que con prepotencia salieron a decirlo en sus revistas de papel cuché y en sus diarios que sinceramente los leen en el microclima.

Ahí es donde se sitúa el gran problema: los microclimas son muy dañinos. Son endogámicos: dañan las ideas. Te hacen creer que eres importante o que lo que dices es la verdad si no lo pones en contraposición a otros. Y ahí acaba el diálogo de sordos, que encima en una sociedad profundamente clasista y racista corta aún más todos los puentes.

En medio de eso, la gente comienza a buscar respuestas. Y los que aparecen a primera vista son iluminados desde la lógica de lo que está presente siempre: la televisión. Los medios, incapaces de ser comprendidos por los gobiernos progresistas (que les tenían entre miedo y rechazo por esa sofisticación europeísta con que fantasean) construyen realidad rápido y eficazmente.

Leonardo Farkas, es sin duda, el gran hito de esto. Un hombre despreciado por muchos, por su discurso y personaje, que sin duda engancha porque te dice “se cómo eres, trabaja y ya verás”, aunque todos sabemos que no es asi, y que no tenemos la fortuna de toparnos con él y con su dadivosidad que ciertamente es revolucionaria: es el millonario que no es apretado. Que no te está peleando el descuento. Es el que tiene y reparte.

Y en eso, fallaron muchos millonarios. ¿Con qué plazas o salas u obras el chileno de a pie se encuentra en el día a día con el apellido de un millonario? Los nuestros se esconden. No es como en otros países donde están ahí, enchapados.

Esperando que otros tomen sus obras. Esto, pienso, pasó por dos motivos: el primero es que cuando aparecen se vuelven memes y el segundo es porque los han escondido muchas generaciones de fantasías clasistas y gente dispuesta a comer las migajas de eso, entre ellos, reconocidos periodistas de la plaza.

Por otro lado está DJ Méndez. Es un tipo que nos dijo que era carterista en Suecia, pero no nos importa porque ya nos carterearon con impuestos, así que va bien encaminado por lo que se ve. Pero la magia es que llega a proponer cosas que están ahí: wifi gratis, un ascensor, un festival. No te dice yo soy el más honesto: asume que todos somos consumidores y que él podría, inspirado por el resto, hacerlo bien. Nada más, nada menos. Y que se tienen que ir los que están.

Y finalmente está Alejandro Guillier, el otrora periodista más creíble de la TV que tiene una gran gracia: sabe hablar. Es didáctico. Es simpático. Estuvo en una mesa con todo tipo de gente y se le vio cada noche. Es la bandera del diálogo. La esperanza que alguien vuelva a invitarnos y a la vez, es el tío buena onda en el asado. Es el post Bachelet y, creo, que es mejor que Ricardo Lagos. Porque no te está retando. Y siempre estuvo ahí. Y además entiende los medios, que es la gran deficiencia de la Nueva Mayoría. Ademas, la épica Guillier versus Piñera (ex empleado versus jefe) estoy seguro que engancharía a más de uno.

Los tres son nuevas formas de hacer política, de algún modo, despreciado por lo tradicional. Pero lo tradicional está cambiando, está olvidado. Lo tradicional está ahí y todos los días, parece que no nos necesita y nosotros no lo necesitamos tanto.
Prefiero eso a tanto baile de caretas, a tanta propuesta a medio camino y, honestamente, a tanta gente que pasa por inteligente y definitivamente no lo es tanto.

A estar muy atentos con la politización del espectáculo y el espectáculo de lo político.
A la gente le gustan estos políticos que no son políticos.

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