Soy adicto a un canal en Reddit que se llama “capitalismo en su última etapa”. Básicamente son pruebas fehacientes (desde la publicidad hasta las políticas públicas) que demuestran que el sistema económico está en crisis, que fuerza a los individuos a vivir en él y no pensar en ninguna posibilidad de vivir otro modelo.

Entonces todo parece un ruego. Se muestran videos donde se teoriza acerca de “porque la desigualdad es buena”, ventas de sopas “para introvertidos” (una forma increíble de integrar inadaptados al mercado) o artículos como “la cultura de Startup te hará amar trabajar 61 horas a la semana”.

En torno a ese cuadro, que es global, de enojo, miedo y desilusión, cuando parece que todas las necesidades básicas están cubiertas en versiones de bajo costo de las cosas que parecen caras, hago la siguiente reflexión: no es una crisis de las instituciones o de la política. No es una crisis de la educación tampoco, que por supuesto sería bueno arreglarla para ampliar perspectivas simplistas.

Creo, y presiento que no me equivoco, que es el mundo el que está en un cambio de su modo de vida. Estamos pasado a vivir otras maneras, otro tipo de estructura de valores en la cual lo que era cómodo para la estructura económica de ayer, por ejemplo no valorar a las mujeres y su capacidad de decisión, está en juego.

Más allá de estar de acuerdo o no con el aborto en tres causales, su consecuencia tendrá peso en la economía: una persona que está obligada a un gasto sostenido (supongamos que no estamos hablando de la situación de su feto, sino derecha y fríamente de un niño) es potencialmente probable que no lo tenga. Pensemos en como eso cambia una cultura. Parejas que no tienen hijos, por ejemplo. O procesos intersexo. O nuevas formas de familia, relaciones poliamorosas, culturas diferentes.

No es el mundo de ayer, no es “la estabilidad” que sólo tiene que ver con un número en crecimiento en una sola mirada, la de la economía.

Miles de personas están saliendo del trabajo tradicional tratando de encontrar su lugar en el mercado del conocimiento más bien vinculado a lo informal: desde talleres hasta entretención bajada de internet, sin necesidad del pago al anunciante por mirar la tanda. Está modificándose el mundo.

Por eso es tan decidor que aparezca una elección entre Ricardo Lagos y Sebastián Piñera. Es una señal desesperada. Un grito de una “especie que desaparece” como dirían Los Rodríguez.

Es indudable que los que piden ese “orden” que a la vez es una fantasía definida entre parámetros, son personas adultas. Que obviamente se entiende quieran que las cosas pasen como en un campo del sur una tarde de otoño.

Eso está chocando con el mundo real, vivo, afuera. El del 60% que no sabe por quién votar. El de los que están desilusionados grabando historias con nuevas cámaras que exhiben lugares donde antes no se llegaba. Con grupos que pueden contar relatos que antes no aparecían en ningún lado. Con preocupaciones nuevas.

Estamos en un lugar distinto, diferente. Yo no sé si es mejor o peor, yo no sé lo que va a pasar. Pero no hay que tener en torno a esto los viejos parámetros de éxito o forma de realización de antes.

Estamos en medio de una revolución y obviamente como protagonistas de ello no la observamos en primer plano. Mientras la singularidad explota en tecnología y lo que antes costaba millones en procesar (datos, imagenes) hoy está más cerca del acceso de cualquiera, nuestros políticos debaten formas soterradas de control y de miedo frente a la posibilidad que todo se les vaya de las manos.

Obviamente quienes han vivido cómodos contratándolos en muchos casos a merced de sus negocios también están muy temerosos de no entender el cómo manejar una situación nueva. Una economía basada en nuevos factores que van más allá de los recursos naturales y personas con el poder de decir “no” a un proyecto que pueda afectar sus vidas.

Entonces, aparecen Lagos y Piñera, la misma semana donde Chile pierde un partido y te da la sensación angustiosa que volvieron los 90, que no sirvió tanta protesta, que se volvió a fallar en decir las cosas, ya no porque no se puede hablar, sino porque no se sabe convencer al otro y no puedes dejar de pensar que eso es un grito desesperado por instalar esta sociedad nueva en los ritos de gente antigua y pomposa.

Algo hicimos mal. O quizá, algo está por sobre todo, distinto.

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