Hay un fracaso de las organizaciones de derechos humanos. Y sería muy bueno analizar qué pasó. Y sincerarnos de una vez por todas en esa desgracia para poder empezar a tomar medidas para que las próximas generaciones tomen el valor de la vida primero. Porque eso es lo único que garantiza que un grupo de locos no quiera exterminar a todos.

Tiene que ver con salir del microclima. Con no estar en el confort del debate progresista ni el de la parentela que se encuentra siempre la razón. Con conocer lo que pasa en la conversación de la calle. Con la micro y el Metro que lejos está del aire acondicionado y del iPad y la subscripción al New York Times.

La gente, en general, no entiende que son y en que le benefician. La gente no los ve en el otro.

La señal vino de antes: las detenciones ciudadanas fueron una alerta. Pero sólo venía el inicio de la explosión. Quienes nos sorprendimos de la barbarie, nos ganamos una doble.

Ahora un grupo de personas agredió a un grafitero de manera desproporcionada. Ese es el término: como a usted, probablemente, a nadie le gusta ver cómo rayan su medio de transporte, pero llegar a abatirlo a patadas y no a reducirlo para entregarlo es sumamente distinto. Una cosa es colaborar con la justicia y la otra es dárselas de vigilante.

La semana pasada un hombre tomó la decisión de lanzarse a los leones y nadie dijo nada del hombre en las primeras horas: todos se preocuparon de los animales. Y la salud mental de un ex Sename ¿que importó? Realmente nada. Es más, fue un motivo de odio, parodia y burla, porque los leones estaban antes que un enfermo. Un enfermo que no buscó estar enfermo o sea, que puede ser cualquiera.

Estamos desnaturalizados y realmente muy carentes del valor de la vida del otro. Nos importa más ese otro que no vemos. Y eso también viene de vuelta: si un tipo raya un transporte es porque tú no le importas. Esta cadena se tiene que parar en algún momento, pero nadie quiere hacer ese acto.

Parece ser que no importa la gente. Que se transformó todo en un gran episodio de “En su propia trampa”, donde hay que desconfiar y no creer. Y no hablar de los problemas. Hombres que no quieren hablar de cómo sus masculinidades están quebradas por un mundo que superó la educación barbárica de “soy machito” y recurren a la violencia como primer acto para competir en una selva llena de idiotez.

Esos mismos hombres ven a sus parejas como un objeto. Esos mismos hombres se encapuchan para romper todo (el gran José Miguel Villouta lo dice: no hay mujeres encapuchadas) y empujan el escenario a una dirección donde la agresión es el único código.

Ahí en medio, la pregunta es sobre las organizaciones de derechos humanos y en especial los procesos educativos que han encabezado. Me hago las preguntas sobre la educación en los colegios. Me preguntó por qué también, casi por default, preferimos siempre tener un enfoque en los medios de derechos humanos desde la autoridad.

Y ahí es donde creo que Lorena Fríes falló. Lorena Fríes y el Indh no falla en enfocar los derechos humanos desde la historia y el presente. El fallo es no entender por qué estamos en este presente. Y ahí es donde los monstruos políticos, oportunistas que son incapaces de ver asesinatos y maldad en el pasado, quieren replicar en el presente los códigos que no otorgaron para los que pensaban distinto.

A mí obviamente me gustaría una sociedad más humana. Pero no estamos en ese contexto por desgracia y el trabajo va a ser doble: corregir es iluminar En primer lugar, qué es lo correcto y qué no. Para qué nos sirven y por qué son valiosos los derechos. Y en segundo lugar, educar a las nuevas generaciones como no se hizo con las antiguas. Ver el valor de la otra persona en su totalidad y no en su competencia política, ni económica. Ver al otro. Mostrarlo, valorarlo, escucharlo y también educarlo. Muchas veces ese otro que está tan furioso te repite consignas y no ve el camino de cómo solucionar las cosas, entonces es cómodo estar enojado.

El problema es que tanto enojo nubla y no desnuda que muchas veces, más que la carencia del bolsillo, la carencia es media de espíritu. Media moral. Media desde el abandono.

Ese abandono que ahora hace que no veámos al otro como persona y digamos “bueno, pero sí yo soy persona”. Cada persona, es un mundo, pero no puede estar desconectado de un universo ¿se entiende? No podemos ser un far west.

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