Recuerdo que hace varios años, con un grupo de voluntarios de la Fundación África Dream organizamos una fiesta en el “Amanda” (en Vitacura) para juntar fondos para los proyectos de desarrollo sostenible de comunidades que desarrollamos en África.

Había asistentes que nos estaban apoyando y otros que estaban ahí por casualidad. Uno de los voluntarios, paseándose por la barra con una alcancía fue interpelado por un tipo en una barra, con una pregunta que, siendo legítima, se nos hace constantemente, a ratos de buena y a ratos de mala manera. Decía el tipo con su vaso en mano: “¿Para qué se van a África si Chile necesita tanta ayuda? ¡Dedícate a ayudar a tu país primero!”. El voluntario -José Francisco- lo miró unos segundos, decidiendo responderle y devolverle la pregunta: “Elegí estudiar una carrera social. Fui a África; antes y después de eso trabajé en Techo, he estado vinculado toda mi vida a organizaciones de ayuda social en Chile y hoy estoy trabajando en el servicio público. ¿Qué estás haciendo tú?”. El tipo del vaso se quedó callado.

Esa pequeña escena grafica con tristeza lo que muchas veces sucede en nuestro país, donde nos hemos vuelto expertos comentaristas de cómo ayudar, de lo mal que se realizan las políticas sociales en Chile, de la falta de seguimiento, de la inconsecuencia de los políticos, de la corrupción de los empresarios, del doble estándar de las áreas de RSE y de cómo los supermercados ahorran impuestos cuando donamos nuestro vuelto a una Fundación de niños con cáncer.

Y mientras tanto… ¿qué estamos haciendo? ¿Queremos convertir los pocos espacios de ayuda que aún existen en Chile en paneles de un matinal donde todos opinan, pero nadie realmente se compromete? ¿Somos capaces de ver por entremedio del ruido y las inconsecuencias al punto en que el problema nos importe lo suficiente para hacer algo al respecto?

La última encuesta del Mide mostró preocupantes cifras de cómo el “índice de solidaridad” en Chile -que para muchos fue en algún momento un orgullo- ha bajado en los últimos años, llegando a 2,9, bastante más abajo del punto medio de la escala (5). Mientras que lo que logra mantener el índice “algo más arriba” son las donaciones de dinero asociadas sobre todo a desastres y campañas masivas, el índice más bajo lo provoca la baja donación de tiempo personal a ayudas sociales.

La famosa frase del Padre Hurtado -quizá el mayor referente de ayuda social en Chile-, de hecho, no dice sólo “Dar hasta que duela”, sino más bien “Dar, dar hasta que duela, hasta que nos caigan los brazos de cansancio”. Claro: Alberto no estaba pensando en dar dinero, estaba pensando de darnos a nosotros mismos: nuestro trabajo, nuestra convicción, nuestra vida. Pero nosotros lo plagiamos para conseguir recursos en lugar de personas.

La encuesta de la Mide también mostró que el compromiso cívico se relaciona con las conductas de ayuda orientadas al desarrollo social. Es decir, que a quienes les interesa el quehacer de su país, que votan, que se informan, que estarían dispuestos a trabajar en el sector público o que tienen preocupaciones políticas, son quienes manifiestan las mayores convicciones solidarias.

No es raro para mí, entonces, recordar cómo aquellos voluntarios que enviamos por un año a África a trabajar codo a codo con comunidades locales, vuelven a Chile a trabajar en fundaciones, en el sector público o en empresas sociales, comprometidos profundamente con su país. Donando, más allá de su dinero, su tiempo y su propia vida.

Mi punto es simple: si nos importa tanto nuestro país para compartir publicaciones “solidarias”, si nos indignamos de las inconsecuencias de algunos políticos y empresarios, y queremos un país más justo y solidario, entonces remanguémonos los pantalones y colaboremos de verdad. Aboquemos por una sociedad chilena realmente solidaria, comprometida con la justicia, ya sea en este país, en el continente o en el mundo entero.

Basta de pensar que la solidaridad se puede reinventar en 140 caracteres o que un “like” ayudará a la causa social más cercana. Nuestro país, y las organizaciones sociales que trabajan 24/7 para erradicar la pobreza necesitan nuestra ayuda real hoy.

Mientras nuestras confianzas se derrumban, los políticos discuten y las instituciones pierden su solidez, nosotros no podemos rendirnos. Juan Pablo II nos lo dijo claramente en su visita en 1987: “Los pobres no pueden esperar”.

Las opiniones expresadas aquí no son responsabilidad de Publimetro