Lo ocurrido en el estadio Elías Figueroa de Valparaíso, donde las barras de Wanderers y Colo Colo se enfrascaron en una riña digna de los tiempos antiguos, donde los diferentes pueblos buscaban amenazar a otro mediante el método de la violencia sin límites y sin medir consecuencias, muestra lo peor de nuestra sociedad. No sé si esto tiene que ver con un desenfreno y una expresión de rabia hacia las desigualdades e injusticias que existen en el país, pero esa situación no es razón para que un grupo de barristas ocupen las rejas punzantes del estadio como armas para agredir a otros, solo por llevar otra camiseta.

En este contexto y en relación a  lo que plantea Andrés Recasens Salvo, en su libro, "Diagnóstico Antropológico de las Barras Bravas y de la Violencia Ligada al Fútbol", quiero resaltar que el autor hace una acertada diferencia de los tres tipos de públicos que asisten a los estadios.

Entre estos se encuentran los mismos barristas, los hinchas y los espectadores. Los primeros, el día del partido definitorio del campeonato nacional, actuaron con una cobardía extrema. Y si uno se detiene a revisar lo que dicen las coordinaciones de cada una de las barras que existen en nuestro país, estos se desligan de los hechos producidos por ese grupo de personas. ¿Forman o no parte de sus barras? Un hecho confuso, sin duda. Y que me genera incertidumbre al momento de buscar culpables.

Los segundos –me incluyo en este tipo de públicos- quedamos con las ganas de disfrutar de un partido final con lo que significa la definición de un campeonato. Y los terceros, que solo aspiran a presenciar un partido entretenido, son personas que bajo ningún punto de vista volverán al estadio, porque, después de lo que pasó en Valparaíso, nadie les asegurará que saldrán sanos y salvos de un recinto futbolístico. Pero no todo está perdido: los hinchas, con un dejo de optimismo y quizás con un toque de ingenuidad, esperamos que se tomen cartas en el asunto y la familia pueda volver con alegría a los estadios. Y con seguridad.

En este contexto, la ANFP, Sergio Jadue, los dirigentes de los equipos de fútbol profesional, el programa Estadio Seguro, la propia Ley de Derechos y Deberes en Espectáculos de Fútbol Profesional y las autoridades políticas, forman parte de un entramado nefasto en el que solo se benefician a sí mismos y, los demás (el público que realmente ama al fútbol), no importa. ¿Es este deporte solo un negocio? Espero que no.

Lo peor de todo, es que parece que ya no somos campeones de América y eso uno lo ve en las redes sociales, cuando aparecen comentarios violentos de las mismas personas que hace días criticaron el actuar de los barristas de Colo Colo y Wanderers.

Esta gente ahora se refiere con una connotación netamente de rivalidad a los protagonistas del Elías Figueroa y critican como si sus barristas actuaran con irreprochable conducta anterior. “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”, se dice en muchas dimensiones. Y este es un problema que nos atañe a todos y cada uno de nosotros puede aportar con un grano de arena para solucionar el problema de la violencia en los estadios.

Llegó la hora de que todos los actores antes mencionados tomen medidas serias y hagan su trabajo como corresponde para que no tengan que pagar justos por pecadores.