Siempre hubo sospechas de que miembros de la monarquía saudí ayudaban a Al Quaeda. Incluso muchos estadounidenses apuntaban a figuras del régimen por el apoyo brindado a los terroristas que perpetraron los atentados del 11 de septiembre del 2001. A fin de cuentas de los 19 suicidas, 15 eran saudíes.

Ahora el asunto está al rojo pues el Congreso de Estados Unidos podría legislar autorizando a familiares de las víctimas de los atentados a querellarse contra el Estado Saudí. La monarquía árabe amenaza, en caso que pase la legislación, con vender 750 mil millones de dólares en bienes estadounidenses en su poder. Una replica que delata el nerviosismo de los saudíes ante las posibles revelaciones que los comprometen con los atentados que costaron la vida de tres mil personas e hirieron  a otras seis mil.

Tras los ataques se realizó una acuciosa investigación. Pero 28 páginas de la indagatoria  fueron mantenidas secretas. El presidente George W Bush estimó que revelar  detalles de los vínculos entre la monarquía y los atacantes sería contraproducente.

Ahora un número creciente de políticos exige, sin embargo, que se divulgue el contenido de las enigmáticas páginas sobre las cuales tanto se ha especulado. Entre ellos destaca Rudi Giuliani, alcalde de Nueva York al momento de los atentados, que denuncia que un príncipe saudí le dio un cheque por 10 millones de dólares para que ayudara a tender una cortina de humo para ocultar la presencia saudí. Giuliani cuenta que rompió el cheque y mandó al príncipe “a arder al infierno”.

Según lo señala el periódico británico The Independent, dos congresistas que leyeron las mentadas páginas han presentado una moción bipartidista para que se publiquen. El congresista demócrata Stephen Lynch señala que hay evidencia de lazos entre “ciertos individuos saudíes” y los terroristas que perpetraron el ataque. A su vez, Walter Jones, republicano, afirma que queda claro el porqué Bush vetó la publicación: “Trata sobre la administración Bush y su relación con los saudíes”. Un vínculo conocido es el de Jonathan Bush, tío de  George W. Bush, que se desempeñaba como ejecutivo del Banco Riggs –sí, el mismo donde Augusto Pinochet escondió millones de dólares-. Desde su puesto contribuyó con fondos provenientes de saudíes para la campaña de su sobrino.

El rol activo de la monarquía saudí en la promoción  del wahabismo, que está en la raíz de los movimientos yihadistas, se remonta a 1992. Entonces un grupo de los más influyentes clérigos wahabitas presentaron un “memorándum de recomendaciones”  con un ultimátum a la monarquía: daba un papel dominante al credo wahabita o serían destronados. La monarquía accedió a la formación del Ministerio de Asuntos Islámicos desde el cual los wahabitas ejercen una enorme influencia en el país. Por esta vía los wahabitas lograron nombrar representantes en varias embajadas.

En Estados Unidos aparecen claros vínculos entre los atacantes del 11/S y funcionarios del mentado ministerio. Este es el lazo que permitiría acusar al estado saudí de participación en los atentados.

El fanatismo wahabita
La monarquía saudí promueve el wahabismo, que compite con los talibanes en
materia de intolerancia. En 1744, Mohamed Ibn Saud, uno de los emires (príncipes), firmó un pacto con el predicador Mohammed Ibn Abdel Wahab. Acordaron imponer la palabra de Dios a través de la fuerza si fuese necesario. Wahab pretendía volver la fe islámica sunita a su pureza original. Las enseñanzas wahabitas calzaron con los planes de la familia Saud  para unificar el país. El wahabismo destaca por su ascetismo e intransigencia. Todo musulmán ajeno a sus convicciones es considerado impío.

Decenas de miles de chiítas, cristianos, yaziris y personas de otras creencias han sido asesinadas por wahabitas, entre los que se cuentan militantes del Estado Islámico.

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