El acuerdo climático logrado en París presenta la clásica metáfora del vaso medio lleno y el vaso medio vacío. Para el grueso de las autoridades presentes en  la reunión de Naciones Unidas sobre el cambio climático, COP 21, fue un gran éxito que marca un antes y un después. Es, para los que ven el vaso medio lleno, el comienzo del fin de la sociedad basada en los combustibles fósiles - carbón y petróleo- y, por lo tanto, un ataque a la raíz de las emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero. Para otros, entre los que abundan científicos y activistas, fue un pasito en la dirección correcta. Lo acordado no haría más que disminuir las emisiones pero está lejos de resolver el problema. Los escépticos apuntan a que uno de los debates para aprobar el texto final versó sobre si emplear la palabra “deberá” o “deberían” ante los compromisos asumidos. Triunfo el “deberían” que para muchos observadores equivalía al consabido “hecha la ley, hecha la trampa”. Al momento de firmar ya muchos gobiernos incluían la cláusula de escape.

Los acuerdos de París no son obligatorios. Cada país se fijó las metas de reducción de emisiones de gases que estimó convenientes. Si las cumple bien y si no bien también. Salvo que será sometido al escarnio internacional. Como si los países fueran personas.  A los gobiernos no los elige la opinión púbica mundial sino que los electores nacionales. Esa es la opinión que pesa. Por lo tanto es la ciudadanía la que debe aplicar la presión para lograr resultados.

Después de grandes desastres suele convocarse a conferencias para  socorrer a los damnificados. Las cifras ofertadas a la vista del sufrimiento son abultadas. Pero las  auditorias posteriores muestran que hay un abismo entre lo prometido y lo entregado. Esto a propósito del fondo  de cien mil millones de dólares que estaría a disposición de los países menos desarrollados para  mitigar  el impacto el calentamiento global. Además facilitará las transferencias tecnológicas para una mayor eficiencia energética y desarrollar las energías limpias. Se cumplan o no las promesas París ha dado una señal de mercado que alejará las inversiones del carbón para orientarlas a las energías no contaminantes. Así lo entendió  Brian Ricketts, uno de los principales lobistas del carbón europeo, que amargado declaró tras la COP 21 que la industria carbonera: “Será odiada y despreciada de la misma manera que los traficantes de esclavos lo fueron en su tiempo”.  Un claro caso de auto victimización pero un indicador que las energías contaminantes enfrentan creciente rechazo. Un gran número de empresas transnacionales  al igual que fondos soberanos, de pensiones e inversionistas proclaman que sus fondos emigran de las energías causantes del calentamiento global a las fuentes limpias

Filántropos por las energías limpias
 Las energías limpias, que dependen del viento y el sol, son inconstantes por lo que requieren de respaldos para satisfacer la demanda en determinados momentos. De allí la búsqueda de métodos de almacenaje de la electricidad. Bill Gates y  28 grandes inversores de diez países entre los que destacan, Mark Zuckerberg de Facebook,  Jack Ma del portal de ventas online chino Alibaba, el inversionista George Soros y  el industrial indio Ratan Tata prometieron invertir en tecnologías que aseguren una transición energética para que predominen las energías renovables.