La paradoja colombiana es que todos, sin excepción, se declaran partidarios de la paz. Una facción de los colombianos estimó, sin embargo, que los términos del acuerdo de paz, labrado entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) a lo largo de cuatro años, ofrecía demasiados beneficios a los guerrilleros.

El tema fue sometido a la ciudadanía y sólo el 38 por ciento del universo electoral asistió a las urnas. Los partidarios del No, contrarios al acuerdo, vencieron por un estrecho margen de  55.737 votos, de los casi 13 millones de sufragios depositados. En definitiva el  19 por ciento del electorado, que representa a los sectores más conservadores, echó por tierra una paz que aparecía al alcance de la mano.

El problema con los plebiscitos es que a menudo los votantes no responden a la pregunta que se les formula. Dada la impopularidad del presidente  Juan Manuel Santos sus detractores buscaron convertir el plebiscito en lo que algunos llamaron un  “plebisantos”.

En Colombia los partidarios del No, encabezados por el ex presidente Álvaro Uribe,  movilizaron con éxito a terratenientes opuestos a una reforma agraria y sumaron a los poderosos movimientos religiosos de derecha, tanto católicos como evangélicos.

En su narrativa, Uribe postuló que el acuerdo traería “más impuestos,  expropiaciones de tierras, gasto público ineficiente, policía política al estilo castrista, un deterioro de la economía y el agravamiento de la crisis social, lo cual le permitiría la toma del poder para implantar definitivamente el fracasado Socialismo Siglo XXI, al estilo de la hermana Venezuela. Las Farc lo confiesan sin reservas”.

 Así, la consulta versó tanto sobre el futuro político de la sociedad colombiana como sobre el acuerdo con las Farc. Frente a los insurgentes, Uribe y una facción significativa de las fuerzas armadas son partidarios de infligirles una derrota militar  definitiva.

El punto más debatido del acuerdo de paz es lo que se ha llamado la justicia transicional. En concreto, los líderes guerrilleros, luego de admitir sus crímenes, cumplirían penas no superiores a ocho años en granjas abiertas. Uribe y sus partidarios lo consideran inaceptable. Pero cabe preguntarse si los jefes guerrilleros aceptarán un acuerdo que los condene a 30 años de prisión. A fin de cuenta disponen de una tropa aguerrida de seis mil efectivos. Las Farc no pueden derrotar a las fuerzas armadas nacionales, pero sí pueden causarles daño y desangrar la economía nacional. Su mera existencia es un desincentivo a las inversiones en vastas zonas del país.

Durante décadas, de una forma u otra, la política colombiana ha girado en cómo concluir la guerra. Se ha realizado una serie de negociaciones fallidas. A comienzos de los 80 las Farc crearon un partido político, llamado la Unión Patriótica, que no prosperó, pues más de dos mil de sus militantes fueron asesinados. Hoy lo único cierto sobre la paz en Colombia es la incertidumbre.

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