Los titulares anuncian que la economía china creció 6,9 por ciento en 2015. Un porcentaje formidable para cualquier país y en especial para la segunda economía tras Estados Unidos. Pero el asunto es visto con otro prisma: es el crecimiento más bajo de los últimos 25 años de la locomotora asiática.

Pese a la desaceleración, China es la envidia de las naciones desarrolladas. Estados Unidos creció del orden de 2 por ciento el año pasado. Una cifra que llena de contento a los estadounidenses.

Lo que pasa en el reino del centro es clave para muchos países que tienen una alta dependencia de sus importaciones de materias primas, como ocurre en Latinoamérica.

Cuando China crecía a un ritmo desbocado, al 12 por ciento anual, se tornó en el principal comprador de cobre en el mundo, devorando cerca del 40 por ciento de la oferta. En la cima de la demanda el precio pasó de los cuatro dólares la libra. Eran los días en que bandas de delincuentes en muchos lugares  paralizaban trenes y dejaban barrios a oscuras por el robo de cableado de cobre. Ahora el metal rojo oscila en los dos dólares la libra y ya ha forzado el cierre de minas de baja ley.

El impacto para Chile, el mayor productor cuprífero del mundo, es dramático. Por cada centavo de dólar promedio anual que cae el precio del cobre, el país deja de percibir 128 millones de dólares. Para el fisco, ello significa que por cada centavo de baja del precio percibe 60 millones de dólares menos.

Más que el frenazo económico chino lo que desvela a muchos analistas es la incertidumbre. ¿Las estadísticas chinas son confiables?  Algunos recuerdan el mentado  Gran Salto Adelante, 1958-1961, en que Mao Zedong  empujó una industrialización  acelerada. La experiencia fue desastrosa, pues el país terminó en una hambruna que costó la vida de decenas de millones de personas.

Una de las causas fue el falseo de las informaciones sobre la producción agrícola. Bajo intensa presión la burocracia exageró las cosechas. A la hora de requerir los alimentos estos simplemente no existían.

Hoy hay quienes creen que las estadísticas esconden la realidad y que el crecimiento sería inferior entre uno y tres por ciento del declarado. Las autoridades descartan esto y señalan que sus cifras han coincidido a lo largo del tiempo con las del Fondo Monetario Internacional.

El problema crítico está en los informes de autoridades provinciales y regionales que no presentan un cuadro ajustado a lo que ocurre. Se señala, por ejemplo, a las llamadas  empresas zombis. Industrias que son deficitarias pero que son mantenidas por razones  políticas y de empleo. Pese a las miradas agoreras, que desde hace décadas advierten del inminente colapso de su economía, lo concreto es que China ha logrado la mayor acumulación de riqueza registrada en la historia humana.

El nuevo modelo chino

Beijing no pierde el sueño sobre cómo sufren sus abastecedores. Las autoridades chinas advierten, desde hace años, que transitan desde un modelo exportador a uno centrado en el mercado interno. Algo que les garantizará mayor estabilidad ahora que han generado una clase media con cierto poder adquisitivo. Buscan pasar de la producción masiva, muchas veces por cuenta de empresas extranjeras, a productos con tecnología y marcas chinas reconocidas. Es un camino ya transitado con éxito por otros países asiáticos.

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