Un asesino serial y masivo circula con impunidad por las calles. Dado los enormes estragos que causa a la salud cabría esperar actitudes más drásticas para combatirlo. Un estudio reciente detalla que la letalidad del esmog supera a las víctimas del sida y la malaria  juntas. En algunos países multiplica por diez al número de los que perecen en accidentes de tráfico. Todos los conflictos bélicos que afectan al mundo, unos 42, dejaron cientos de miles de muertos en 2015. Las estimaciones varían pero se sitúan en las 200 mil bajas  fatales.

La contaminación atmosférica, en cambio, causa más de siete millones de muertes prematuras como viene de consignarlo la revista científica británica Nature. Buena parte del daño lo causan diminutas partículas que afectan a los pulmones y el corazón.

El estudio señala que ésta es la causa de muerte de 3,3 millones de personas que circulan fuera de sus hogares. La investigación no incluyó la contaminación intramuros, al interior de los domicilios, que afecta en especial a mujeres y niños, causada por la calefacción y cocinas, que dan cuenta de otras 3,4 millones de almas adicionales.

Las fuentes contaminadoras son diversas. En forma espontánea se evocan las emisiones del tráfico y, sí, de allí proviene el 20 por ciento de los gases que componen el esmog. El profesor Jos Lelieveld, del Instituto de Química Max Planck de Alemania, estima que los gases exhalados por el ganado, los cerdos y las aves de corral, además de fertilizantes, contribuyen con otro quinto.

Los porcentajes varían según los países. En Gran Bretaña, según Lelieveld, el mayor contaminante es el sector agrícola ganadero, que provoca el 48% de las muertes prematuras. En Estados Unidos una de cada siete muertes -55 mil personas- es por la polución causada por el carbón empleado en las centrales termoeléctricas.  

En Chile, el Ministerio del Medio Ambiente estima que la contaminación atmosférica causa unas 4.200 muertes prematuras, de las cuales 1.200 ocurren en Santiago.

Es llamativa la falta de protestas contra el esmog en la capital y otras ciudades durante los meses de invierno. Las imágenes de pequeños en los hospitales, con nebulizadores para descongestionar bronquios, debieran estimular a movilizaciones contra la mala calidad del aire. A fin de cuentas nadie puede dejar de respirar.

Una explicación ante la pasividad es que la ciudadanía padece del síndrome de la rana en la olla con agua en vías de hervir. Cada año la gente dice que debemos hacer algo. Prohibir la leña, reducir la circulación de vehículos, impedir las quemas agrícolas y alejar las fuentes industriales contaminantes. Hay, año a año, algún progreso pero es insuficiente.

Es la metáfora de la rana en la olla que no salta fuera mientras puede y cuando quiere hacerlo ya está demasiado aturdida. Lo mismo ocurre cada invierno en al menos siete ciudades del país cuando la bruma se mezcla con el humo. Las mortecinas nubes, que ocultan la cordillera, dañan la salud, deterioran la calidad de vida y causan muertes prematuras.

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