Gran Bretaña construirá un muro en el acceso que lq conecta al puerto francés de Calais. En la actualidad ya existe un gran enrejado para impedir el paso de inmigrantes que intentan colarse por el túnel bajo el Canal de La Mancha.

Cientos de personas provenientes de África y Asia tratan, cada día, de ingresar al Reino Unido en pos de trabajo o reunificaciones familiares. En la actualidad, unas ocho mil personas, entre las que hay numerosos refugiados, esperan cruzar a Londres. Mientras aguardan la posibilidad, muy remota, viven en absoluta precariedad en carpas en un terreno baldío que llaman “La Selva”.

Los trabajos para erigir el muro de cuatro metros, con murallas deslizantes para impedir escalamientos, comenzarán este septiembre. Londres ha destinado 22 millones de dólares para las obras que se realizaran en coordinación con las autoridades francesas. Desde que Gran Bretaña votó en  junio por el Brexit, es decir por abandonar la Unión Europea, crece la presión en Francia por dejar que los ingleses se hagan cargo de sus políticas migratorias.

Trabajadores sociales en Calais dudan, en todo caso, que el muro sea efectivo. Uno de ellos, François Guennoc, estima que “en cualquier lugar del mundo donde se levantan muros la gente encuentra la forma de vulnerarlos. Es una pérdida de dinero. Subirá las tarifas de los que cruzan a los inmigrantes y ellos correrán mayores riesgos”.

El nuevo muro hace eco a los planes de Donald Trump de fortalecer la verja de 3.360 kilómetros que separa a Estados Unidos de México. Trump tiene en mente un muro sofisticado con sensores y cámaras como el que construyó Israel para aislar a los territorios ocupados de Cisjordania.

Ya sea por razones políticas o económicas abundan los muros desde tiempos inmemoriales. El más célebre intento por sellar a un país es la Gran Muralla China, una construcción portentosa que corre por las cumbres de 6.400 kilómetros de cerros. De poco sirvió el ciclópeo esfuerzo, que tardó diez siglos en culminarse, pues merced al soborno de los guardias, los diversos asaltantes la cruzaron con regularidad.

Tras el derribo del Muro de Berlín, en 1989, que marcó el fin de la Guerra Fría, nació la esperanza de una Europa  abierta con mínimas restricciones al flujo de personas.  Eran los días del pleno auge de la globalización. Fue, en todo caso, una flor de corta vida. Los nacionalismos y la xenofobia están a la orden del día en Europa y Estados Unidos. En el viejo continente proliferan los alambrados de púas para impedir el paso de inmigrantes.

A lo largo de la historia, los desposeídos de todo el planeta han buscado una vida mejor en países más ricos. Es un imán que ha movido a cientos de millones que huyen de la pobreza y la persecución en pos de paz y bienestar. Los muros son un paliativo, el triste reconocimiento de problemas mayores,  y poco aportan a resolver los verdaderos dramas humanos.

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