Por  menos de un punto porcentual fue derrotado el partido islamofóbico  de extrema derecha que aspiraba a la presidencia austríaca. Norbert Hofer,  candidato del Partido de la Libertad (FPÖ, por su sigla en alemán), recogió 49,7 por ciento de los votos en las elecciones del domingo pasado. Las corrientes xenófobas hubiesen vencido si no fuese porque el conjunto del espectro político cerró filas tras Alexander van der Bellen,  el candidato verde.   
 
El FPÖ tiene numerosos vasos comunicantes con el nazismo. Fue fundado, en 1956,  por un ex ministro del régimen nazi acompañado por numerosos militantes que sirvieron bajo las órdenes del austríaco Adolfo Hitler. El compromiso de sus compatriotas con las políticas represivas y de exterminio fue manifiesto: aportaron 40 por ciento de los guardias de los campos de concentración. A diferencia de Alemania la sociedad austríaca ha preferido no confrontar a fondo su pasado.

En el FPÖ están presentes los viejos temas del nazismo como el pangermanismo y la pureza de la sangre aria que afloran de tanto en tanto. Herbert Kicki, secretario general del partido, jugó con el vals  “sangre vienesa” retomando la noción hitleriana al señalar, en relación a la sangre,  “que mucha mezcla de las cosas no es una buena cosa”.

Los neonazis saben del rechazo en varios países a sus postulados y las presiones que podrían sufrir si llegaran al gobierno. Por ello, Hofer se presenta como un político moderado, pero contrario “al multiculturalismo, a la globalización y la inmigración masiva”.

La gran votación obtenida por el FPÖ excede en mucho sus planteamientos e inspiración fascista. Algo similar ocurre en Francia, Alemania, Hungría, Polonia e incluso en Estados Unidos.

Una de las causas del auge de los postulados de ultra derecha es el creciente malestar con la globalización. Ante el acelerado ritmo de cambios sociales y tecnológicos ciertos sectores se sienten amenazados. La desaparición de fronteras culturales y en algunos casos geográficas generan inquietud.

Entre los más desfavorecidos por la globalización despierta un ansia de identidad, un tribalismo que en tiempos actuales asume la forma de nacionalismos extremos. En el seno del supranacionalismo encarnado por la Unión Europea (UE) renace el rechazo a un ente que supera los confines de los estados nacionales. Este sentimiento, que en su forma moderada es conocido como euroecepticismo, se ve potenciado por los flujos inmigratorios de los últimos años. Todo indica que las fuerzas nacionalistas xenófobas de extrema derecha seguirán avanzando. Pero está por verse si lograrán imponerse a las mayorías que aspiran a sociedades tolerantes y abiertas.

La división austríaca
Una parte de los austríacos está satisfecha  con la pertenecía a la UE y acepta la globalización con sus costos y beneficios. Ese sector, entre los que está la gran mayoría de los que tienen estudios superiores, votó en un 81 por ciento por el candidato verde. Entre los trabajadores manuales un 86 por ciento votó por el candidato pardo, o sea Hofer. En las grandes ciudades donde está el grueso de los inmigrantes se impuso la candidatura más tolerante. En las zonas rurales y pequeñas localidades, donde hay escasos recién llegados, ganó el voto xenófobo. Queda a la vista que el temor y la ignorancia son las bases del prejuicio.

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