Muy pocos vaticinaron el triunfo presidencial de Donald Trump. Muchos, sin embargo,  sabían del malestar que embargaba a numerosos estadounidenses. ¿Cómo fue posible que tantos analistas no vieran lo que estaba ante sus ojos? Más intrigante aún resulta que casi la mitad de los votantes optaron por Donald Trump.

En cifras absolutas, la demócrata Hillary Clinton obtuvo más votos. Pero Trump consiguió más delegados al colegio electoral. ¿Cuál fue la fórmula utilizada para vencer? Una parte de la respuesta está en su figura. Su estilo rupturista le permitió, pese a ser un multimillonario que admite no haber pagado impuestos, presentarse como el paladín de los postergados. Sus ataques a los inmigrantes latinos y musulmanes contribuyeron a consolidar el apoyo de un núcleo de votantes blancos, de ambos sexos. Muchas mujeres desestimaron sus abusos. Una de ellas declaró: “A fin de cuentas no estamos eligiendo a un Papa”.

La adhesión a Trump fue ante todo emocional. Ninguno de los perjudicados por el sistema económico puede tener ilusión alguna que las cosas mejorarán con sus propuestas. Lo que se conoce hasta ahora es que adhiere a la vieja fórmula neoliberal: reducción de impuestos a los adinerados, desregulación, que es dar manga ancha a las empresas y limitar el rol del Estado.

Esta es la receta que ha llevado a Estados Unidos a la situación actual en que la desigualdad ha crecido en forma constante en las últimas tres décadas. El 20 por ciento más rico de la población amasa el 84 por ciento de la riqueza, mientras  el quinto más pobre dispone del 0,1 por ciento. Un fenómeno que se agudizó desde 1980 con el presidente Ronald Reagan. Una política que también fue aplicada en la Gran Bretaña de la primera ministra Margaret Thatcher. Asimismo, con gran entusiasmo, el neoliberalismo rigió las políticas del Chile dictatorial.  

Trump ha logrado desviar el malestar por la inequidad para culpar a la globalización y su expresión concreta: los acuerdos de libre comercio. China es presentada como un competidor desleal. Pero se omite el hecho que, por ejemplo, la empresa estadounidense General Motors vende más vehículos en China que en Estados Unidos.  

Acusa a los inmigrantes en situación irregular de deprimir los sueldos al trabajar por menos paga. Sus empresas han contratado legiones de estos mismos trabajadores. Trump ha circulado por los corredores del poder codeándose con la elite política, vanagloriándose de ello, lo que no le ha impedido denostarla explotando el descontento contra lo que muchos perciben como una casta política radicada en Washington. Una casta al servicio de la banca y  grandes intereses en detrimento del hombre común. 

La pregunta en boga es: ¿hay un Trump con un discurso cargado de agresividad contra las minorías y otro más sobrio que empleará cuando asuma la presidencia? El tiempo dirá. Pero, por lo pronto, su corrosiva campaña contribuyó a polarizar  y legitimar prácticas aberrantes como la tortura. Las palabras no se las lleva el viento.

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