A partir del 27 de junio pasado los fabricantes, importadores y productores de alimentos deberán informar obligatoriamente, de ser el caso, sobre los altos niveles de azúcares, calorías, sodio y grasas saturadas. Las etiquetas negras “ALTO EN”, rótulos que han aparecido de un tiempo a esta parte en ese tipo de productos son normadas por el reglamento sanitario de los alimentos, modificado el 2015 en razón de la ley 20606 de 2012, sobre composición nutricional de los alimentos y su publicidad.

La medida apunta a reducir la alta prevalencia de sobrepeso, obesidad y de otras enfermedades no transmisibles entre los chilenos. Pero no es la única. De acuerdo a la normativa, se hace necesario regular la publicidad de los alimentos, en especial la  dirigida a los menores de 14 años. No podrá inducirse al consumo de alimentos valiéndose de medios que se aprovechen de la credulidad de los menores o valiéndose de elementos de atracción infantil.

Entran aquí, por ejemplo, avisos de marcas de cereales o de bebidas azucaradas que asocian el alimento con experiencias o con personajes fantásticos, además de aquellos que promocionan e incluyen de regalo juguetes.

Asimismo, la ley estableció que toda publicidad de alimentos efectuada por medios de comunicación masivos deberá llevar un mensaje, cuyas características determinará el Ministerio de Salud, que promueva hábitos de vida saludable.

He aquí un importante desafío ético y de comunicación a cumplir y que no ha estado exento de tensiones entre parte de la industria alimentaria y la División de Políticas Públicas del Ministerio de Salud.

Si bien el propio código de ética del Consejo de Autorregulación y Ética Publicitaria (Conar) establece en un completo artículo que la publicidad dirigida a menores no debe explotar la ingenuidad, inmadurez, inexperiencia o credulidad natural de los menores de edad ni abusar de su sentido de la lealtad, en la práctica algunos avisos hacen caso omiso.

Las cifras sobre salud pública que inspiran estas medidas son elocuentes y significativas. Según la Ocde, la población chilena se posicionaba el 2014 en el quinto lugar, a nivel mundial, de prevalencia de sobrepeso y obesidad. Investigadores del Inta (Olivares & al, 2014) afirman que este perfil epidemiológico se asocia con el sedentarismo, con el alto consumo de alimentos procesados de alta densidad energética y de bebidas azucaradas en todos los grupos de edad.

De acuerdo a la Federación Internacional de Diabetes, un millón 700 mil chilenos padecen esta enfermedad, el doble que hace 10 años y ocupamos el primer lugar en Sudamérica.

El Simce de educación física 2015 reveló que sólo el 59% de los escolares de octavo básico posee un índice de masa corporal normal y que su capacidad aeróbica, firmeza y flexibilidad no son las adecuadas.

Es sabido, además, que los hábitos de alimentación se forman a temprana edad y que durante la adolescencia la conducta alimentaria pasa a depender más de decisiones autónomas que de marcos familiares y escolares, en muchas ocasiones asociada a desórdenes como la bulimia o anorexia.

Hoy más que nunca cada uno de nosotros, en particular los comunicadores y educadores, compartimos la responsabilidad de hacer un esfuerzo transversal y cumplir.

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