Las necesidades afectivas (sexuales, en rigor) de apego y nutricionales nacen indiferenciadas en la criatura en su alumbramiento, según Freud (1856-1939). Luego, sigo a Segismundo (“Tres ensayos sobre teoría sexual”), en el desarrollo evolutivo, estas dos vías se diferenciarían, pues el neonato superaría, con éxito relativo, su amor por el pecho de la madre para pasar de la llamada fase “oral” a la fase “anal”, durante la cual adquiere control sobre sus esfínteres, es decir, sobre el mundo exterior. Así, se dedica a torturar -o no- a sus padres con sus heces, según le plazca, cuando emerge el llamado de natura, negándose o aceptando los horarios y hábitos que aquellos intentan inculcarle.

Alrededor de los cuatro años de edad, el infante enfrenta una tercera fase, la “fase fálica” o “la edípica”, denominación que alude a “Edipo rey”, la tragedia capital del dramaturgo griego Sófocles (se habla de Electra para el caso de la mujer, en relación a la mitología y tragedias griegas.) Luego se entraría en un “período de latencia” hasta la pubertad, durante la cual resurge el conflicto edípico que quedaría resuelto, con relativo éxito también, si es que el púber termina por identificarse con los valores del progenitor del mismo sexo, y cambiando su objeto de amor incestuoso por su progenitor de distinto sexo por el de uno socialmente aceptable.

En efecto, la resolución de estos conflictos en el desarrollo sicosexual determinarían y zanjarían la estructura basal de la personalidad. Y su resolución parcial o irresolución conllevarían traumas y trastornos neuróticos, cuando no sicóticos, en la biografía del sujeto. O bien ya, su desarrollo “normal”.

El error trágico de Edipo (hamartía) consiste en querer desentrañar la verdad oracular y proponerse averiguar quién mató a su padre. En otras palabras, su desmesurada obsesión. El ciego y adivino de Tebas, Tiresias, afirma que él mismo es el ejecutor, además de tener relaciones sexuales con su madre, Yocasta, sin éste saberlo. Una serie de hechos desafortunados de la historia ratifica las adivinaciones para desembocar en la tragedia, con su madre suicidada y Edipo autodesterrado después de arrancarse los ojos por el horripilante sentido de la culpa. Estamos hablando, en suma, de incesto y parricidio.

Al niño le ocurre lo propio a nivel simbólico. Rivaliza e incluso fantasea con la muerte de su padre y quiere amar carnalmente a su madre. El afecto por sus progenitores constituye un revoltijo de sentimientos encontrados, incluido el temor a ser castrado por el padre, debido a sus inconscientes conspiraciones.

Freud fue un hombre controvertido y polémico. Sus teorías, hasta el día de hoy, son rechazadas por grupos ultraconservadores que seguramente no comprenden el dominio y alcance teórico-analítico de los planteamientos de Freud. Fue acusado de pansexualista, por reducir la estructura y función del aparato síquico estrictamente al ámbito de la sexualidad. Sin embargo, sus teorías abordaron otras tópicas, esenciales en el desarrollo ulterior del sicoanálisis (su teoría de interpretación de los sueños y el descubrimiento del inconsciente inicialmente, el desarrollo de la estructura del yo, las pulsiones de vida y muerte, etc.).

El ingenioso escritor peruano Jaime Bayly quizá los resuma en el título de su simpática novela: “Yo amo a mi mami”.

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