No sin su característica dosis de ingenio, Nicanor Parra solía reducir los “polémicos” postulados de Francis Fukuyama en “El fin de la Historia y el último hombre”, publicados a fines de los 80 y principios de los 90, a la fórmula del título que enuncia esta columna. 

Entrecomillo la locución polémicos, porque tan desgastada, parece que arriba a sus últimos días, pues si todo es polémico, en realidad nada lo es ya. Sin ir más lejos, creo que se ha transformado en el adjetivo-gancho favorito de la prensa. Es cosa de ver los titulares. La palabra perdió su significado, sus sustancia. La prensa, los medios, con su trata de palabras la prostituyeron.

Desvarío, disculpen. Perdí la brújula.

Es que estoy atónito, como que me hubiesen dado un palo en la cabeza. Súbitamente me encuentro en un espacio abstracto, una isla a la que me ha confinado la soberanía de Ignorancia. Y así reza el refrán: “La ignorancia es avasalladora”. En efecto, lo compruebo día a día. Ya poco o nada me sorprende. ¿Qué piensa Ud.? ¿Estoy perdiendo el quicio? ¿Voy solo; vamos juntos?

La semana pasada se comenzó a discutir sobre los contenidos curriculares a definir en el contexto de la Reforma Educacional. ¡Se quiere eliminar la asignatura de Filosofía! para incluirla como un ítem mendicante en la asignatura de Educación Cívica. También aberrante, reconozco, y acaso: ¿no debía ser al revés? 

Pero tampoco: cursé ambas asignaturas en mi etapa escolar. ¿Por qué ahora es imposible? “¡Exijo una explicación!” Protesto junto a mi Condorito imaginario, ambos pasmados.

Creo que este es el peor escándalo visto en la Reforma Educacional, reforma que este infame Gobierno impulsa, y con la absoluta certeza de estar ubicado más allá de cualquier horizonte que pueda ser calificado de exageración, horizonte que desde esta isla pues no se ve.

Quiero llorar de pena e impotencia, pero en el exilio en el que pervivo, y en el que todos pervivimos, creo, cada quien en su ostracismo pensante, ya tengo vacíos los cuencos de los ojos, como si hasta las lágrimas me hubieran sido embargadas por la tiranía de la ignorancia.

Friedrich Nietzsche, recuerdo, tenía de casero a Sócrates, aludía a “Sócrates, el ignorante”. Claro, al griego lo recordamos por su famosa máxima: “Sólo sé que nada sé”. Una burla filosófica, mas no insensata, aunque a la par lo sea... para algún cabeza de cuadrícula.

La ignorancia filosófica de Sócrates es una metáfora, naturalmente. Por tanto, hay terreno fértil para la broma infinita, sobre todo cuando la cabeza finita del burócrata se la toma al pie de la letra. 

En Sócrates, la “ ignorancia” es la apertura al pensar contemplativo; la modestia que asume la fragilidad del entendimiento humano orientado al saber; la ventana que nos acerca a envisionar la inasible luz de la huidiza verdad; el primer motor que da forma al conocimiento humano; la llave al engrandecimiento del Espíritu. La filosofía es el paso previo a cualquier forma de pensamiento, a cualquier forma de conocimiento conocida y por conocer del género humano.

Denuncio a todos los vientos que estamos siendo víctimas del político, ese falsario y conocido nuestro que intenta imponerle cuadratura al círculo. Por ningún motivo podemos permitir esta ignominia.

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