Fue un viaje que evoco para intentar comprender las ideas del artista, el conflicto interior de su pasión. Ocurrió en el desierto. Ella, la artista, iba y venía de su trascendente periplo, desde la inevitable y necesaria soledad germinal, e intentaba explicarme los motivos deletéreos que remueven sus afectos y delirios cuando le confieren materialidad a la obra en creación, cuando la alquimia estética la torna en carne. Una transubstanciación “pagana”, si cabe la expresión: al pan le entra el alma, pensaba, y el desgarro de la sangre le dota de sentido. La abstracción es el trabajo que la mano ardua nos dona el arte... ¿Sería acaso la musa que me susurraba sus misterios?

Al visitar la  exposición: “Amor y deseo” de Picasso (en el Centro de Extensión de la Universidad Católica), la ensoñación retornaba con la fuerza erótica de ese desierto y se me representaba la cita de Lemebel que me refirió para expresar el viaje introspectivo que bullía de su inextricable maraña espinuda: “El corazón gitano de las locas que buscan una gota de placer en las espinas de un rosal prohibido”. Una imagen sin predicado, sin juicio, que mutaba desde la abstracción a la plástica, allí donde aquél queda en suspenso y se entrega –llano- al infinito subjetivo del paseante ocioso, contemplativo.

Un atado de ramas espinosas en una jaula de cristal protege al espectador desde el exterior urbano, pero  en su interioridad compromete su proxémica al sacrificio que entrama el cuerpo espinal. La ciudad es jaula y deja de ser la vitrina del victimario encarnado en las espinas del ato, su corazón. La huida del orbe hacia el seco algarrobo espinoso constituye el encuentro  al que da origen la creación. “Yo es arte y arte es yo”, me decía, y suspiraba aliviado en la simbiosis espiritual de Intimidad.

El panorama cambia el clima íntimo debido a la erosión que deja en la piel desnuda, igual que los recuerdos del camino dejan las sales suspendidas en el aire del árido desierto que va creciendo hacia la montaña.

Reinventarse fue la alternativa forzosa, una cierta forma de renacer. El arrojo al cambio y el espino en flor me permitieron visualizar que la belleza podía ocultar la agresión que atraviesa tu único y último pálpito, como le ocurre al ruiseñor de Wilde, que entrega su vida para dar el color de la sangre a una rosa blanca.

La idea de atarlo era la de dominar las espinas quizá. Las encontré en el suspenso que produce la carretera. O sea, las encontré suspendidas, y en el estar suspendidas hallé su naturaleza. También comprobé su violencia, y el pánico frente a la estocada, posibilidad que acecha en todo espacio.

Y las incorporé con devoción para construirles su cuidado, pero con la intensidad desbordada, de tal forma que fueron invadiendo mi espacio vital, rebalsando hasta mis últimos rincones existenciales. Era la herida agazapada en su fronda.

El artefacto anárquico se me ofreció en suspenso y deliberada provocación: una multitud de espinas aglomeradas manifestándose en contra de todo aquello que ose acercárseles. Y sin  embargo, la fronda persistía en seducir al ruiseñor.

Picasso fue mi pretexto para revisitar el insondable y  terrible eros que entraña el deseo que un vez soñé en el desierto.

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