El Wasón es uno de los más insignes villanos de la historia de la ficción. El número uno, según una revista llamada Wizard. El personaje no conoce su propio origen, y su archienemigo es un caballero oscuro que pernocta en una Metrópolis decadente, Ciudad Gótica; un tal Batman, que representa en su personalidad, voluntad y actuar, al Bien en sí, o la lucha contra el Mal en estado puro.

El Wasón, genio y sicópata, se burla sistemáticamente de Batman a través del terror masivo y mediatizado que genera. No quiere ver muerto al caballero (¿cruzado?), por cierto, porque se le acabaría su trabajo, y no tiene tampoco otra finalidad en su vida. Quizá quiere con perverso desenfreno perpetuar el amparo utópico al que aspira el Bien, el paradigma de bien que defiende el héroe, a través la destrucción propiciatoria del caos, siempre más complejo e irreductible que la realidad. Es el último resorte de la caja de Pandora con su mascareta oscilante, satírica. Quiere ver humillado al titán una y otra vez. Y siempre lo logra, pues allí radica la perpetuación del morbo que nos induce a revisitarlo. El Wasón nos cautiva.

El bien que defiende Batman, es un bien convencional y estereotipado para la cultura occidental. Pero no es el Bien en sí, ni menos todo bien. Ya antes de Cristo el sofista Protágoras hablaba de los distintos códigos normativos (éticos) que regían a las distintas polis, más allá de Atenas. Hoy los vemos con toda claridad. Aún así, la defensa de Batman se realiza con medios dudosos y desde la “marginalidad”, asolapándose a ese bien que garantiza el Estado.

Ciertamente, este bien no opera como el quehacer del bien al que exhorta ingenuamente Kant, según el cual cualquier medio no se justifica bajo ninguna circunstancia para el logro de fines. Ocurre, por contraposición, que “el bien” del cómic se consigue justificando los medios, como enseña Maquiavelo con inigualable inteligencia práctica.

No se puede luchar contra el mal sino desde la oscuridad. Acaso sea ésta la paradoja última que atormenta a Batman. En realidad, ¿qué tipo de bien es el que persigue un multimillonario “filántropo” que domina excluyente y exclusivamente la tecnología bélica más desarrollada del planeta? ¿Qué motiva a este payaso desquiciado sino es la impotencia en el operar de este bien oficial, que se sofistica cada vez más y oprime a los ciudadanos en una especie de estado  marcial, de manera creciente?

Ambos están el uno a la altura del otro, porque no tienen claro cuál es el planteamiento que fundamenta esta lucha eterna; ambos tienen su identidad disociada; ambos son careta, máscara.

Aterrizo desde la fantasía al mundo corriente, recordando una declaración infame de Hillary Clinton cuando era la encargada de la desastrosa política exterior de Estados Unidos en la era Obama a la sazón, poco después de la emergencia y ofensivas del Isis, declaración en la que se lamentaba por no haber apoyado con más recursos a los rebeldes sirios, quienes después fueron denominados eufemísticamente “terroristas moderados”, como si “degollasen moderadamente”, ironizó Putin.

Bien, Mal, danza misteriosa, ¿adónde nos llevas?

El Tao Te King, escrito VI siglos A.C. por el sabio Lao Tse, apunta herméticamente en uno de sus epigramas: “Cuando los hombres conocen al bien como el bien, entonces surge el mal”.

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