Es el nombre de una obra de teatro adaptada por el actor mexicano Alberto Mayagoitía sobre un poemario escrito por el sacerdote jesuita Ramón Cué, el año 1963.

Recuerdo que en Chile, a principios de la década de los 80, el canal 13 realizó una producción para la televisión del monólogo en la que Jaime Vadell despliega una interpretación realmente conmovedora.

En ese tiempo me causó un gran impacto. Sin embargo, el impacto fue mayor cuando me enteré que unos encapuchados, aparentemente estudiantes, habían decapitado y despedazado la imagen del Cristo de la iglesia de la Gratuidad Nacional, hace unos días.

La historia trata de un clérigo que adquiere la figura de un Cristo mutilado en un anticuario, pero reducido puramente a su calidad de obra artística. En el melodrama, dialoga con su Cristo en tanto que intenta reparar la imagen. En una escena Cristo reprende vehementemente al clérigo por su frivolidad: “¿Qué es más pecado, mutilar una imagen mía de madera, o mutilar el cuerpo de un hombre donde palpito yo por la gracia del bautismo?

No pretendo ni de lejos hacerlas de abogado del diablo, pero el gesto, por efecto de inversión, curiosamente vuelve a exhibir la parábola, en una representación que impresiona como una bestialidad. Por lo demás, considero el acto una manifestación mancomunada de oligofrenia.

Noto una clara confluencia de superficialidades en el tratamiento de la imagen por sendos protagonistas, así en la destrucción vandálica como en la reconstrucción piadosa. Sin perjuicio de las creencias, aparentemente contradictorias, ambas entidades caen en una concepción que califico de “materialismo espiritual”.

Es decir, se da la doctrina “ciegamente” por cierta,  mas sólo considerando el rito y el símbolo como su culminación. Y se actúa sobre “la cosa”, estrictamente en base a su materialidad, sin considerar el fundamento teológico y esencial que el símbolo representa, con la pretensión y o seudo creencia de que restaurándolo o destruyéndolo, mediando pensamiento mágico, se está refrendando o bien aniquilando la fe en sí misma.

Esto conduce a reflexionar acerca del misterioso e inmenso poder que se atribuye al símbolo desde un sistema de creencias, cualesquiera éste sea. Si tan sólo el crucifijo se transforma en fetiche, o sea en objeto de amor o de odio, desconociendo su naturaleza, queda expuesto a la  maleabilidad del fuego fatuo, absurda en último término. El símbolo, leído a rajatabla en su literalidad, comporta un cierto peligro germinal de sedición pueril.

Si nos hacemos cargo de la increpación del Cristo al clérigo habría que preguntarse en definitiva: ¿qué reparan uno y los otros realmente, víctimas de su ignorancia? Quizá intentan reparar su conciencia, o su mala conciencia. La pregunta -retórica- del Cristo induce a pensar que en realidad no reparan nada más que la adolescencia de su vanidad fútil.

A pesar de todo, no considero que el ataque al Cristo sea inocuo. El elegir la iglesia de la Gratuidad Nacional tendrá que ver, supongo, con la frustración (justificada) en relación a las vagas y malogradas promesas de acceso universal a la educación que ha hecho el Gobierno. El desgarro del clérigo, a su vez, es comprensible, desde el punto de vista de la carne, de la falibilidad humana.

¿No estarán acaso ellos mismos mutilados en su ser?

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