Un ser gigante, sabio, benévolo y que no tiene tiempo, o más bien, que existe desde los orígenes de los tiempos, habita en algún recóndito lugar del planeta, inaccesible, algo así como “el país del nunca jamás”. Colecciona los sueños de los niños saliéndolos a cazar cuando los 9  gigantes malvados, infantocaníbales, vulgares y primitivos que viven con él en esta misteriosa isla duermen. Estos gigantes,  grandulones y matonescos, hacen mofas de él, que intenta cual alquimista hacer acopio de fantasías en los tubos de ensayo de su inmenso laboratorio. Ellos, en cambio, duermen de día debajo de la tierra, le tienen tirria al agua, y se divierten con ruinas de miniaturas de juguetes humanos.

Él mismo, huérfano de los tiempos, escucha los sueños de todos los hombres con sus grandes orejas, sutiles como el silbido de las gotas de rocío que caen del gran árbol del inconsciente humano. Va todos los días con su cazamariposas y se zambulle a un charco de cristal que invierte el espejo de la realidad gravitatoria, revelándole estas criaturillas etéreas y luminosas, que cual luciérnagas numinosas juguetean, embelleciendo la inmensidad de su baobab.

En las noches, atraviesa a zancadas los archipiélagos de los fiordos septentrionales para llegar a la ciudad a visionar los sueños de los seres humanos, y también para ir a soplarles con su gran trompeta cazasueños los contenidos de aquellos, aprovechando la inspiración de su hálito mientras van sumiéndose en lo profundo del dormir.

Un niña insomne y curiosona, Sofía (...tenía que ser), pernocta en su orfanatorio de Londres, y de repente, al escuchar las pendencias de un grupo de borrachos, se asoma a la ventana, desafiando las estrictas normas del orfanato, y sorprende al Buen Amigo Gigante durante una noche en la que realiza su sigilosa labor en el mundo de los hombres. El secreto no puede ser revelado por el peligro que reviste, y el gran gigante decide raptarla por siempre para llevársela a su islote imaginario.

Sin embargo, la niña también corre el peligro de ser devorada por los monstruosos coetáneos de su deuterogonista gigante, que tienen mejor desarrollado el más primitivo de los sentidos, el olfato, particularmente condicionado al olor de los infantes. Pero su amigo la protege con su astucia y sabiduría superiores, la abriga y la alimenta con sus sopas de pepinascos, y le da trato de pequeña princesita.

Un día logran sortear a la patota bestial y se dirigen al árbol de los sueños para atrapar algunos y un sueño saltarín la identifica y dócilmente se le acerca. El gigante lo reconoce,  lo coge con dulce cuidado y lo almacena en un frasco que rotula con el nombre de “El sueño de Sofía”. También logran capturar un horripilosa pesadilla, la cual juega un papel crítico en la historia.

Al final de la fábula Sofía despierta, pero no quiero arruinar la película, así es que me reservo el relato de lo que soñó durante su periplo épico.

Cuando salí del cine me acordé de la historia del sueño de Chuang Tzu, que al despertar no sabía si era él que había soñado a una mariposa o una mariposa la que lo había soñado a él.

No me pregunten por la moraleja, porque creo que no entendí ni un pepino.

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