Esto ocurría a plena luz del día, en el centro de Santiago, en alguno de estos aeropuertos cinematográficos que abundan en la capital. Sobre las gradas de la entrada posaba una multitud. Observo el resultado de la fotografía en el periódico que tengo entre mis manos.

En el encuadre están distribuidos estos estrafalarios sujetos, en armonía con la fuerza. Había... no sé como decirlo... “entes” (quizá), variopintos, aglutinados en una suerte de arca de Noé de las galaxias; un zoológico desbocado que tenía abarrotadas las salas de cine, y al aeropuerto en su totalidad, desbordado.

Especialmente aterrador resultaba un tipo que destacaba por su altura tanto como por su flacura. Tenía un traje hermético compactado en cuero negro hasta el cuello. Desde el cuello hacia arriba exhibía calvicie, y su piel irradiaba una blancura calcárea, que más bien absorbía los rayos de luz. Parece que unas agujetas estaban clavadas en línea, atravesando su cráneo de lado a lado, estilo punk.

El pequeño Luke, en tanto, le miraba implacable, enristrando su espada láser dos gradas abajo. Una mujer con la piel azulada miraba con evidente lascivia a Chewbaka, que aparentemente no paraba de aullar (es el único más alto que el susodicho perverso.) Citripio tenía el gesto rígido, como el de quien da una torpe explicación, y sus ojos redondos y eléctricos denotaban consternación.
                      
El malvado, en ese instante plástico, aparece con Dart Vader que le da un pisotón, si uno se fija en el detalle milimétrico. El problema es que como Dart es bajito, se tiene que mamar el codo completo del calvo misterioso, que como que quiere sacarlo del encuadre.

Domina la fotografía por un detalle muy curioso, pero que salta a la vista: los cuencos de sus ojos están amoratados, son casi negros, igual que sus labios, y generan un contraste dramático entre las direcciones opuestas de la mirada y su rostro, pero equilibrándolas extrañamente, como para poder  así someter, mediante el truco de la hipnosis, al camarógrafo. Es tal la fuerza en su mirada penetrante que, efectivamente, se roba por completo la película.

Parece que lo hubiese estado ensayando por años, porque bien nota el aire triunfal en una muy sutil sonrisita.. Las otras bestias no superan su altura, su superioridad, piensa seguro.

Pero lo que demuestra su genio absoluto es el manejo interespacial fotógráfico. Me explico.

En el cuadro se percibe, sin perjuicio de la fotogenia, espontaneidad incluso en los mensos que miran a la cámara (la princesa Leia, la bataclana azulina, Jaba el Hut y Arturito). Estos últimos quieren mostrar su personaje y su yo al mismo tiempo, arruinando fotos desde el principio de los tiempos.

No es el caso del infiltrado. Su no-espontaneidad crea la ilusión absoluta de lo contrario. Demuestra un control magistral interfotográfico, pues es obvio que su pose no es en rigor una pose, porque crea sorprendentemente la impresión de una especie de “pose eterna”, extemporánea, para todo antes y para todo después del click de obturación. Vive; se ríe en tu cara. Un diseño psíquico, no cabe duda.

Les ganó a todos, al fin. Después supe que había confesado que era de otra galaxia y le quitaron el premio.