En castellano significa triunfo (¡hum!). Pero sabemos que Donald no es el Pato ni el Tío Sam, pero que quiere gobernar EEUU, encarnar al Tío Sam. Representa en las primarias al Partido Republicano, que competirá por la presidencial con Hillary Clinton (posiblemente) o Bernie Sanders, ambos del Partido Demócrata. Las élites del establishment del viejo partido están en vilo con el voto avasallador que arrastra en las encuestas y en los resultados. Las barbaridades que vocifera son la principal razón, pues -juzgan- que no es un sujeto que está a la altura de la dignidad que impone la investidura del cargo.

Para el caucus republicano se necesita ganar con al menos 1.237 de 2.383 delegados (o electores), proporcionales a la población de cada uno de los Estados, y se han ido definiendo en diferentes momentos durante las primarias de la campaña. Trump lleva 755, habiendo ganado en 21 estados; el que le sigue, Ted Cruz (senador por Texas), con 517, y 8 estados. No obstante, a pesar de obtener más de 1.237, el candidato debe llegar a un cierto porcentaje mínimo para ser proclamado de inmediato. Si no es así, puede haber -a discreción del partido- dos instancias más en las que se van estrechando las condiciones y aumentando el quórum. Esta decisión es más que seguro se tomará. Sería inédito en la historia de EEUU.

Y siendo un tipo extremadamente básico, ¿por qué gusta? Seguramente porque es franco, virtud de la que adolece la gran mayoría de los políticos de todo el mundo hoy. Tampoco sabe lo que es la correctitud política. Es el arquetipo del gringo campechano, transparente, simpático, lenguaraz, triunfador; cualidad esta última que representa el epítome del sueño americano. Es extremadamente carismático, un genio de las comunicaciones, de la presentación de su imagen en la forma y oportunidad precisas. Recoge el malestar de la clase media baja con los políticos y su corruptela. Sin embargo, su discurso completo es un “flatus vocis”, no dice nada: demagogia y populismo para la oreja incauta.

También saca partido racista de la paranoia que caracteriza a los ciudadanos de su país. Quiere construir muros contra los mexicanos “violadores y traficantes”; expulsar a los árabes y a los musulmanes (no creo que entienda la diferencia), sacando partido del conflicto en el Medio Oriente; etc. Habla mucho de “amor” por su pueblo. También habla de lo mucho que le aman.

De entre innumerables, la última gracia que recuerdo fue cuando dijo: “Amo a la gente que tiene poco éxito. Hay que rodearse de gente sin éxito, porque ellos te respetan”. Una contradicción en los términos, porque este hombre declama abiertamente la reinstalación del “sueño”. (Habrá que respetarle). Pero por definición, el éxito excluye a las mayorías, que son las que votan. Pero les gusta, y cosecha. Cree -y parece que tiene razón- que las gentes son idiotas.

Con seguridad este esperpento será el próximo presidente de EEUU. Esto me tiene preocupado, y no precisamente por mis ideas políticas. (Curiosamente este asunto no tiene nada que ver con ideas). También preveo que este tipo de hechos u ocurrencias -a nivel global- son señal de la ruina moral creciente que observamos en el orbe entre nosotros, seres humanos. Quizá nos lo merecemos. Que siga la fiesta.

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