Nadie duda acerca del despelote que ha sido todo lo que tiene que ver con el debate sobre la reforma educacional. Bueno, alguno habrá que no. Y no sólo el debate. Las  acciones han sido erráticas y mezquinas, llevadas de la mano de intereses sectoriales: los estudiantes universitarios, el magisterio, las universidades, los políticos y sus partidos.

...Partida, en efecto, está la educación, fracturada; acaso un símil perverso y macabro de la forma en que opera la propia estructura política. Y en esta fragmentación de la miseria, ¿quién defiende a los niños?

El tema ha tomado un cariz estrictamente político en circunstancias que el enfoque debe nacer del pensar filosófico. La educación es una finalidad en sí, nunca un medio para satisfacciones miserables y espúreas. Pero en un país en el que se desprecia la cultura y la ciencia, como hemos visto amargamente estas últimas semanas, no hay tiempo para pensar, ni (peor aún) ganas.

La improvisación de Bachellet y sus consejeros ha sido lisa y llanamente una estupidez de cabo a rabo. Con razonamiento simiesco, aparentemente, el quid ha consistido en “conseguir la plata”, y a cómo dé lugar, con la brutalidad esperpéntica de una retroescavadora cargada de resentimiento ignorantón. Para los ideales sociales la  bocota es un estorbo vulgar.

Claro, el dinero es necesario, pero hay que recaudarlo, evidentemente. “Recaudemos, echémosle pa’ delante no ma’;  ya veremos que hacemos con las lucas”. ¿Y alguien tiene idea del plan? ¡Que se publique, por favor: un mínimo  de respeto! Pues na’ ni na’; sólo hedor a incompetencia y mediocridad, devenida en oscurantismo putrefacto.

Alguien decía por ahí, ingeniosamente, “las prisas pasan y las cagadas quedan”.

El problema es que como no hay plan, esos 8 mil millones de dólares adicionales, esos que de buena fe nos dejamos los ciudadanos (en manos de monos, insisto) se van a ir como el agua entre los dedos, dilapidados en el seno del festín de la demagogia.

Las ideas, los ideales, están denigrados, y sin embargo debían ser forjados de acero para lograr un sólida construcción. La idea fundamental es que la educación, a la cual Piñera (con necedad supina) considera un bien de consumo -dicho sea de paso- es la piedra angular del constructor de la identidad de una nación: acto y potencia de su patrimonio cultural impregnado en el civismo del pueblo, el valor supremo para el desarrollo y la evolución de su progreso.

Los técnicos de hoy deberían preguntarles a los filósofos, y junto a ellos erigir un diseño. (Estos señores vienen pensando el tema desde hace más de dos milenios.) Y después, recién, financiaremos alegremente, ya con fe cierta, un modelo de acceso universal.
             
Rememoro en su tumba, aquí en el corazón de Montegrande, a la revolucionaria educadora que fue Gabriela Mistral y su especial amor por los niños. Los hemos despojado. Ellos son los únicos que tienen, objetivamente, la posibilidad de dar un verdadero salto cognitivo para superar este eterno bache. Los ya mayores, esos sectoriales de que decía, les dejan tan sólo las migajas del presupuesto en disputa (y lo saben), cuando sin lugar a dudas, los pequeños debían ser los destinatarios de la mayoría de aquél.
                   
Tristemente se nos agota ya el tiempo para una mejora sustancial efectiva.

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