Formar profesores de excelencia, con visión de futuro y que estén insertos en un mundo globalizado se convierte en un desafío difícil de enfrentar en un país tan centralizado como el nuestro.

Desde el momento en que en el Proyecto de Ley de Educación Superior (Título I, Artículo 3) se habla del “desarrollo del país y sus regiones”, podemos deducir que “el país” y “sus regiones” son territorios distintos y nombrarlos separadamente parece ser necesario.

De estas palabras y de nuestra historia nace una inquietante preocupación sobre un centralismo que –al parecer–  está en nuestra genética. Es en este escenario de mundos paralelos –capital y regiones– que, desde un contexto regional, debemos cumplir con una misión-país: formar docentes que formarán ciudadanos del mundo y para el mundo.

Sabemos que para formar docentes debemos atender a un paradigma que va más allá de teorías o metodologías, pues lo importante no es formar técnicos de la enseñanza, sino formar docentes educados y con una amplia sensibilidad cultural, ya que su labor no será solamente lograr que sus educandos aprendan, sino que será desarrollar conciencias en cada uno de ellos, lo que les permitirá desarrollarse como ciudadanos en un mundo que se hace cada vez más diverso y complejo.

Además de la formación disciplinaria y pedagógica, los alumnos deberán ser capaces de demostrar una valoración de la diversidad cultural, a través de un conocimiento genuino de la interculturalidad para contribuir a la inserción de sus educandos en el mundo globalizado.

En esta tarea, las limitantes geográficas, que se profundizan aún más en las zonas rurales, antagonizan con la igualdad de oportunidades, condición imprescindible para la equidad a la que todo ciudadano aspira. Por otra parte, esperar que estos mundos paralelos constituidos por la capital y por las regiones de nuestro país no se mantengan en el discurso, sino que verdaderamente dialoguen e interactúen parece ser muy desesperanzador, casi como una reacción a una suerte de milagro.

Es por esto que lo que nos queda es cambiar las condiciones en el contexto educativo, incluyendo herramientas que permitan un acceso al mundo desde las aulas universitarias y escolares. Para poder brindar equidad e igualdad de oportunidades desde un mundo regional con altas tasas de vulnerabilidad es necesario contar con herramientas que permitan derribar las limitantes geográficas, realidad que -lamentablemente- sólo se ha podido dimensionar desde regiones.

Este desafío nos impone -entonces- desarrollar en nuestros alumnos competencias virtuales como ciudadanos del mundo. La forma de acceder al conocimiento ha cambiado: somos más visuales, más icónicos y más interactivos. Para participar del mundo de manera eficiente necesitamos dos herramientas fundamentales: el manejo de la tecnología y el dominio de una lingua franca, en el caso de nuestro país, el inglés.

El uso de la tecnología para la comunicación global se transforma en una herramienta para la educación y la globalización. El inglés es un elemento democratizador, pues disminuye las barreras en la comunicación, permite hablar con el mundo, acceder a perfeccionamiento profesional y técnico, a mejores oportunidades laborales, además de comprender otras culturas y otras manifestaciones artísticas.

Dos herramientas que, por el momento, son las únicas opciones descentralizadoras con las que podemos contar.

Las opiniones expresadas aquí no son responsabilidad de Publimetro