Continúan las noticias de sangre y terror que vienen desde el Medio Oriente, la frontera de Gaza, la casi guerra de Ucrania y las tensiones provocadas por la imprevisible actitud de Corea del Norte. La paz resulta esquiva, frágil. Tanto más nos debemos abocar a buscar caminos de encuentro. Una  buena lección para nuestro país, de hacer mayores esfuerzos de integración, para así legar a nuestros hijos un país unido, justo y fraterno. Día en que se deja de construir la paz es día perdido.

Pero otro tema ha saltado a la agenda. La posible autorización de la marihuana tanto para consumo privado como para fines terapéuticos. Desconcierta la sola petición siendo que nos hemos empeñado tanto en los últimos años en disminuir el consumo de tabaco, castigándolo con una propaganda intimidatoria y con mayores impuestos. Comparto estas medidas, el marketing de terror ingeniado en torno a él. La razón es simple: Está más que comprobado el daño del tabaco a la salud personal y el entorno. Y ahora resulta que se quiere permitir otro tabaco – que lo es – para el consumo privado, alegando sus bondades. 

Ante todo, se trata de un tabaco más, por lo que esperaría un discurso semejante al que se ocupa para sus parientes cercanos. La mayoría de los jóvenes que ingresan a tratamiento por abuso de sustancias lo hacen por consumo de marihuana. La prensa nos ha golpeado con las cifras del aumento de su consumo entre escolares. Ese discurso de que se trata de una droga blanda, inocua, la ha rodeado de un halo de blancura ajena a su realidad. Tendrá efectos terapéuticos, pero se debería manejar siempre con las restricciones que se aplican a medicamentos que produzcan los mismos resultados.

La marihuana es adictiva. Una de cada diez personas que la han probado y entre el 25 y el 50 por ciento de los consumidores diarios de marihuana se vuelven adictos a ella. El paso a drogas más duras se cuestiona. Se cruzan los argumentos a favor y en contra. Tiendo a pensar que sí es camino pavimentado para drogas duras. Como sea, ante la duda, mejor abstenerse.

Se comprende el argumento de combatir al narcotráfico pero, la verdad, debemos hacernos la idea de que será una lucha sin fin. Lo primero es desincentivar el consumo de drogas, partiendo por las así mal llamadas “blandas”. Esta lucha será materia de políticas públicas por siempre, como lo son las de salud, tráfico o delincuencia.

Pero soy de los optimistas. La aspiración extendida de llevar una vida más sana, más acorde con la naturaleza, sin químicos extra que regalen falsa fantasía a la vida, está más presente en el sentir común. Hoy hablamos de vida sana como nunca antes ¡Si hasta la sal corre peligro! Esta aspiración debe transformarse en políticas concretas, con fuertes restricciones o prohibiciones a todo aquello que le haga daño. Así lo hemos hecho con la invitación a la moderación en el consumo del alcohol y el tabaco. Así como limitamos, podemos también prohibir y castigar el tráfico de estupefacientes. No tirar la toalla ¿Marihuana? ¡No gracias!

 

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