El circo encarna una de las tradiciones más entrañables de la cultura popular y el Tony Caluga enarbola el emblema histórico de una actividad que rebrota en cada primavera. Para estas Fiestas Patrias, los payasos y los trapecistas volverán al escenario clásico del Teatro Caupolicán con seis funciones que iniciarán la conmemoración de los cien años del famoso Abraham Lillo Machuca, un artista que regresa a la pista gracias al talento de sus hijos y nietos, heredado por 8 varones payasos y 7 mujeres acróbatas.  

“En esta época el espíritu de mi padre -que murió el en 1997-, está más presente que nunca”, confiesa Abraham Lillo hijo, quien encabeza esta vuelta a las raíces en el viejo escenario de San Diego. 

“Yo siempre quise ser como él e incluso preferí el circo a la universidad. Mi madre me apoyó en la decisión e incluso me enseñó a tocar el acordeón. Mi viejo aprendió en la universidad de la vida y luego nos transmitió todo eso”, agrega.

“Él era canillita, vendía diarios, y lustraba zapatos en el centro, pero además era un hombre chispeante, que hacía monólogos. Conoció políticos y gente importante. Un día lo invitaron a actuar en el Sindicato de Suplementeros y ahí lo descubre Manuel Sánchez, que le ofrece ser payaso en su circo. ¡Y ese era su sueño!”, afirma.

Su relato mezcla fervor y admiración: “Debutó en Graneros con el nombre de Tony Machuquita, pero después quiso crear su propia personaje. Entonces se lo lleva Enrique Venturino a “Las Águilas Humanas” en el Caupolicán y mi padre decide ponerse Caluga: en esa época en las góndolas o micros vendías las calugas a chaucha y de ahí tomó su famoso nombre”.

La vida del circo es muy sacrificada, repite Lillo, a despecho de aquellos convoyes relucientes de camiones que hoy transportan carpas de última tecnología. “La gente sigue prefiriendo a los payasos, la risa es sana, aunque ahora se hace más mímica. Mi padre siempre decía que hay que hacer reír al publico y no reírse del publico, porque la gente no siempre quiere participar en algún número”, apunta.  

Caluga Junior entrelaza recuerdos con revelaciones y anécdotas imborrables, que reflejan la vitalidad del mundo circense. “Nuestro circo fue el único espectáculo que funcionó en Chile poco despuès del golpe, El día 11 en la mañana estábamos instalándonos en la Plaza Almagro justo a la hora en que empezaron las balas y bombas. Una mitad de las cosas quedó en Portales y la otra ahí en San Diego, con gente trabajando. Fue difícil, los artistas se parapetaba en los bultos de la carpa para protegerse de los tiros. Tuvimos que llevar una vianda con comida desde la casa para atender a la gente. Cuando las cosas fueron amainando, por ahí por octubre, pudimos hacer las funciones”, confidenció a Radio Cooperativa.

Reconoce que “nos autorizaron, pero hubo gente que nos amenazó por actuar bajo dictadura… Pero era nuestro sustento, solo hacíamos circo y nos convertimos en el único espectáculo que hubo en Chile por esos días. Yo soy un hombre de izquierda, como mi viejo…”.

“Luego del Once allanaron la casa de mi madre y dieron vuelta todo para llevarse un uniforme de marino, que habíamos usado en un número como trapecista, luego de comprarlo en una tienda de Valparaíso. Estuvimos todos contra la pared, pero pudo ser peor y sólo se llevaron la ropa”, reconoce. Caluga Junior asegura que “el circo es inmortal, siempre será un gran espectáculo”.

Y revela la última payasada de ese hombre nacido en Sierra Gorda que le pintó la cara para mirar la vida con una sonrisa eterna: “Estábamos en su velorio en la calle Santo Domingo cuando apareció una comitiva del Partido Comunista con una corona y se instaló a la izquierda de la urna. Poco después llegó el edecán de Pinochet con sus dos ayudantes llevando otra ofrenda y se pusieron a la derecha del cajón. Yo estoy seguro que, al medio de ambos y en el ataúd,∫ mi padre estaba sonriendo por haber conseguido reunirlos en esas circunstancias”.  

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