El 11 de marzo de 1990, Patricio Aylwin recibía la banda presidencial y la piocha de O’Higgins de las manos del dictador Augusto Pinochet. Comenzaban así los gobiernos de la Concertación, que marcaron según analistas la transición más pacífica de una dictadura a una democracia en Latinoamérica.

Una de las figuras clave para el cambio fue la del ex presidente. Supo leer el momento histórico en el que se encontraba y, con Pinochet liderando el brazo armado del Estado y con el Poder Judicial comandado por autoridades designadas durante la dictadura, maniobró para hacer del paso lo menos traumático que se pudo.

“Justicia en la medida de lo posible”
Aylwin sabía que la sociedad a la que tenía que gobernar estaba quebrada, dividida por los acontecimientos recién ocurridos. Por eso, la transición no debía implicar cambios bruscos que pudieran hacer sangrar heridas aún abiertas. Aún así, a un mes de haber asumido como presidente, Patricio Aylwin se hizo cargo de las violaciones sistemáticas de derechos humanos ocurridas durante los 17 años de dictadura. Entonces, encargó al jurista Raúl Rettig que recopilara toda la información posible sobre lo sucedido. El informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación arrojó que 2.296 personas habían sido asesinadas por el régimen, directa o indirectamente. “Aylwin fue muy decidido con el tema de los derechos humanos”, dice Carlos Huneeus.

Auge económico con el modelo heredado
Durante los primeros años de la década de los 90, el crecimiento del PIB nacional fue siempre sobre el 5% anual. Esto, debido a la decisión de los gobernantes de la Concertación, en particular de Patricio Aylwin, de conservar el modelo económico que se había instaurado durante la década de los 80 por los “Chicago Boys”, con el aval del gobierno militar. Esta es una de las decisiones que más se le cuestionan a los presidentes de la Concertación.

Además, durante el gobierno de Aylwin se logró bajar la inflación a la mitad (12,7%), el desempleo a un 4,5% y que un millón de chilenos salieran de lo que en ese tiempo se consideraba pobreza.

Plano internacional: Chile sale al mundo
Aylwin recuperó relaciones internacionales con muchos de sus vecinos de la región. Firmó acuerdos económicos con México, Colombia y Venezuela, además de con sus vecinos Argentina y Bolivia. Y volvió a retomar relaciones con Estados Unidos, que desde la administración Reagan y con la salida del secretario de Estado Henry Kissinger, había dado la espalda al régimen militar chileno. Durante el gobierno de Aylwin se asentaron las bases para el Tratado de Libre Comercio que Chile firmaría con Estados Unidos años después.

Pinocheques y el “boinazo”
Augusto Pinochet Hiriart, el empresario hijo del ex dictador y de Lucía Hiriart, arregló la compra de la empresa metalúrgica Nihasa Limitada en 1984, a la que le cambió el nombre por PSP, y negoció con el Ejército de Chile el acondicionamiento de su equipo militar para usarlo contra manifestaciones civiles. Tres años después, PSP compró una empresa dedicada a la administración de fusiles con tres cheques entregador por Pinochet a su hijo, quien abrió cuentas en Estados Unidos para ocultar el dinero de las transacciones. Durante el gobierno de Aylwin el caso se dio a conocer, y Pinochet, ocupando sus atribuciones como comandante en jefe del Ejército, presionó al gobierno para que no investigara el caso. El 19 de diciembre de 1990 acuarteló a las tropas hasta bien entrada la noche, argumentando ejercicios de aislamiento. Pero el 28 de mayo de 1993, después de la publicación del diario La Nación donde se informaba de la reapertura de la investigación por los cheques, Pinochet reunió en el edificio de las Fuerzas Armadas, a 200 metros de La Moneda, a altos oficiales del ejército y a personal armado y vestido para combate. Al hecho se le conoce como el “boinazo”, por las boinas negras que llevaban los soldados. “El ‘boinazo’, en cualquier otro país, sería calificado como un golpe de Estado”, dice Carlos Huneeus, autor del libro “El régimen de Pinochet”.

PUB/FHA