La búsqueda de la felicidad ha sido una de las principales tareas de muchos gobiernos de diferentes países en diferentes etapas de la historia de la humanidad; han buscado, al menos en teoría, la felicidad de la gente de sus naciones a través de ciertas políticas públicas; el ejemplo más reciente de la felicidad en la política se produjo el pasado febrero con la creación del Ministerio de la Felicidad en los Emiratos Árabes Unidos (EAU).

El 8 de febrero de 2016, el jeque Mohammed bin Rashid Al Maktoum, primer ministro de los EAU y gobernante de Dubai anunció a través de su cuenta de Twitter la creación del Ministro de Estado para la Felicidad, que será encargado a Ohood Al Roumi, una de las pocas ministras en la nación del Golfo Pérsico. “Un nuevo puesto, Ministro de Estado para la Felicidad, se alineará y conducirá la política del gobierno para crear el bien social y satisfacción #WorldGovSummit”, escribió en Twitter Sheikh Mohammed.

La noticia causó controversia e incluso burlas en las redes sociales a nivel internacional. Muchos críticos compararon este anuncio con la creación del Ministerio de Asuntos Sociales de Suprema Felicidad creado en 2013 por el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Los expertos también dudan de la eficacia de dichas entidades estatales, “esfuerzos como ‘ministerios de felicidad’, sobre todo en países donde las libertades políticas se limitan al igual que en los EAU y Venezuela, tienden a ser una distracción y una frontera en el gobierno para decirle a la gente cómo ser feliz o que deben ser felices, y el potencial para la manipulación de los datos es muy grande”, dijo a Publimetro Carol Graham, investigadora en Brookings Institution y especialista en economía de la felicidad.

Si bien los resultados del ministerio creado por EAU sólo podrán ser analizados en el futuro, el experimento de Venezuela, iniciado en 2013 por el heredero del ex presidente Hugo Chávez parece no haber alcanzado los objetivos fijados dos años después de su creación, ya que el país de América del Sur ha bajado del lugar número 20 de felicidad del mundo en 2013, al 23 en 2015, según el Informe Mundial de la Felicidad de las Naciones Unidas.

A pesar del posible fracaso de la experiencia venezolana en la felicidad, la verdad es que felicidad y bienestar se consideran cada vez más una justa medida de progreso social y un objetivo de la política pública. El número de gobiernos nacionales y locales que han comenzado a utilizar datos sobre la felicidad y la investigación en la búsqueda de políticas que podrían permitir a la gente vivir una vida mejor está en aumento, muchos líderes nacionales están hablando de la importancia del bienestar como una guía para sus naciones. Los ejemplos incluyen a la canciller alemana, Angela Merkel, el presidente de Corea del Sur, Park Geun-hye, y el primer ministro británico, David Cameron.

Aunque, de acuerdo con los datos obtenidos por el Informe Mundial de la Felicidad de las Naciones Unidas de 2015, la felicidad global tiene una puntuación media de 5,1 (sobre 10), algunos ejemplos de la utilización de la felicidad en la política han comenzado a generar resultados favorables, expertos y la ONU reconocen que el enfoque del Reino Unido sobre la felicidad y el bienestar han producido un cuerpo lo suficientemente grande de datos para permitir la evaluación y análisis de políticas a nivel local, así como a nivel nacional. “Ministerios de la felicidad recién están apareciendo. El Reino Unido y Bután son los mejores ejemplos. Ellos tienen el potencial de hacer una diferencia si la felicidad es realmente tomada en serio”, dice Benjamin Radcliff, profesor de la Universidad de Notre Dame y autor del libro “La economía política de la felicidad humana”.

Entonces, ¿funcionan o no los esfuerzos del gobierno para promover la felicidad entre la población? Bueno, “depende de cómo miden la felicidad y lo que conciben como sus determinantes”, explica el Dr. Richard Easterlin, profesor de la Universidad del Sur de California y especialista en el bienestar subjetivo, pero lo que pueden hacer los gobiernos para promover la felicidad es “enfocarse en las políticas que tienen que ver con las preocupaciones de los que depende la felicidad, proporcionar puestos de trabajo seguros, buena atención de salud, etc.”, añade Easterlin.