SANTIAGO, julio 20.- Para nosotras, las peleas de pareja pueden ser, literalmente, una cuestión de vida o muerte. Así por lo menos lo afirman una serie de estudios que no sólo advierten sobre el impacto físico que las peleas de pareja tienen en cada persona, sino que destacan que la más perjudicada puede ser la mujer.

Una investigación realizada a cerca de 300 mujeres –y publicada en la revista de la Asociación Médica Americana– demostró que el estrés matrimonial triplicaba el riesgo a sufrir ataques al corazón en aquellas que tenían problemas ya presentes y que, una vez que se complicaba el asunto, la mujer en cuestión sólo sobrevivía cinco años más.

Y hay más. Según un estudio de la Universidad de Texas (2005) –publicado en el Journal de Gerontología– a partir de los 40 años las mujeres tienden a sentir más estrés marital que los hombres y, aunque en las parejas más jóvenes ambos tienen los mismos niveles de estrés en promedio, éste afecta más la salud de las mujeres, provocándoles colesterol alto, depresión y obesidad; es decir, los problemas de pareja nos destruyen.

No es sorprendente, entonces, el descubrimiento de una investigación efectuada a 3 mil personas y publicada en el diario inglés Daily Mail, que concluyó que más de la mitad de la gente encuestada se sentía más estresada con su pareja que con su jefe. El 12% de los hombres aseguraba que su mujer lo estresaba más que nada en el mundo; el 18% de las mujeres dijeron lo mismo de sus esposos.¿Quién se resentía más? ¡Nosotras!

OK. Reconozcamos que si bien las peleas con nuestros hombres nos están enfermando, la idea no es deshacernos de ellos, sino aprender a manejar de mejor modo este tipo de situaciones pero, ¿cómo?

Durmiendo con el enemigo

“El principal problema de nuestro matrimonio fue que él no peleaba conmigo y yo estaba llena de rabia todo el tiempo; siempre me estrellaba contra su silencio, su evasión o simplemente su ausencia. Era una frustración profunda que no recuerdo cómo comenzó, pero que tengo presente que se instaló en nuestra cama. Yo lo buscaba y él siempre estaba cansado, me sentía rechazada y expuesta, no amada. Con el tiempo las peleas comenzaron a subir de tono y él siempre huía, salía con los amigos y regresaba tarde, casi todo lo hacía solo. Lo que otros sentían que era una pareja súper resuelta, por dentro era pura rabia de mi parte, todo el tiempo pasaba pensando en eso, fue horrible”, detalla Loreto Ramos, periodista de 30 años que duró tres años casada.

Según el sexólogo, psicólogo y escritor Yvon Dallaire, autor del libro “Peleas de Pareja” (Editorial Lumen, 2009), la mayor ilusión sobre la pareja consiste en que ésta te hará feliz. “La realidad es que la vida de a dos constituye un crisol de numerosas crisis y conflictos. Apenas el 20% logra superarlas; el resto se divorcia o se resigna”, comenta el autor.

Lo increíble de todo esto es que las crisis no sólo son inherentes a la vida de pareja, sino absolutamente necesarias para crecer, construir y evolucionar como tal. La idea es lograr manejarlas correctamente, primero conociendo los mecanismos que hay tras ellos y luego exponiendo los puntos de vista, de manera que construyan y no destruyan al otro.

En su propuesta, el terapeuta explica que las principales fuentes de conflicto se dan por seis factores diferentes: educación de los hijos, dinero, familia política, tareas domésticas, vida profesional v/s vida privada y sexualidad.

Ante esto, el sexólogo explica que las clásicas terapias de pareja que apelan a solucionar la manera en que se plantea el conflicto no tienen un impacto real. “Los terapeutas enseñan la comunicación eficaz no-violenta, centrada en explicar desde el yo la frustración que se siente. Según ellos, el TÚ mata la comunicación. Pero aunque esté bien disfrazada, una crítica es una crítica, y tiene como consecuencia suscitar una reacción defensiva”, dice Dallaire. Él observó durante mucho tiempo cómo era la manera de pelear de las parejas que él llama “felices”, es decir, aquellos que tienen conflictos y crisis pero no son superados por ellos. “Las parejas felices poseen una inteligencia emocional que les impide dejar que las frustraciones y las emociones negativas se infiltren en su relación de pareja. Preservan lo esencial: su amor. Poseen intuitivamente ciertas habilidades relacionales que los tornan receptivos a la sensibilidad del otro. Interrogados, no saben por qué son felices, pero lo son, y a menudo dirán ‘jamás intenté cambiar al otro, siempre lo acepté tal cuál es’”.

Herencia y conflictos

Hasta aquí pareciera que se necesita ser santa para empatizar y comprender al otro, para que a su vez nos comprendan y no terminemos matándonos por amarnos. Lo curioso es que la clave de gran parte de esta gran problemática está en cómo éramos originalmente y cómo nuestro cerebro está desarrollado.

Las mujeres tenemos una necesidad de comunicarnos mucho mayor que el hombre. Esto está determinado porque nuestro cerebro funciona diferente. El masculino posee un 13% más de neuronas, el femenino en tanto, tiene un 13% más de neuropilos, que permiten que las células se puedan comunicar mejor entre sí. Por otro lado, algunas partes del hipotálamo –particularmente las ligadas a la acción– son entre dos y cinco veces más voluminosas en el hombre.

“Podemos comprender, entonces, por qué la mujer verbaliza sus emociones, mientras que el hombre tiende a actuarlas. En el hombre, el centro de la palabra está circunscrito al hemisferio central izquierdo, llamado ‘cerebro racional’, mientras que la mujer posee ramificaciones en el otro hemisferio, apodado el ‘cerebro emotivo’. De hecho, cuando una mujer habla, otras partes de su cerebro se activan, lo que no sucede con el hombre”, asegura el autor. 

Además, el cuerpo calloso de nuestro cerebro está un 40% más desarrollado que el del hombre. Ésta es una banda medular que une ambos hemisferios y le permite comunicarse y cooperar. Esto nos da una mayor habilidad para encontrar las palabras necesarias y una cierta ventaja en la expresión de emociones e ideas. Pero ojo, esto no significa que nuestros compañeros sean del todo negados. Ellos, por su parte, poseen un mejor sentido de orientación y una mejor percepción espacio-temporal, ya que estarían creado para la acción y nosotras, para la relación. Dos cosas que suenan complementarias, pero que muchas veces es el origen de las peleas. 

Toda esta diferencia cerebral se une a la hormonal. Y no tiene que ver con nuestra natural fluctuación hormonal, sino que frente a una situación de estrés segregamos oxitocina, llamada también la “hormona del amor” y que se libera en el acto sexual y durante el embarazo. En tanto, bajo presión el hombre segrega testosterona y vasopresina, la primera ligada a la agresividad y al “ataque de furia” que implica que el hombre se ponga continuamente en guardia. La segunda hace que el hombre sienta un estado de malestar físico, lo que lo lleva a reencontrar su tranquilidad controlando la fuente de su estrés o alejándose de ella. 

Estas características son ancestrales y tenían que ver con nuestra vida de antaño. Cuando vivíamos en clanes, nuestras características relacionales y comunicacionales eran determinantes para nuestra sobrevivencia y, a su vez, la actitud de defensa ante el peligro tenía el mismo sentido para los hombres. 

“Esta diferencia sexuada ante el peligro es una de las más documentadas y universales: el estrés estimula el deseo de la mujer de acercarse a otros, mientras que empuja al hombre a aislarse (…) Mientras los hombres, galvanizados por los impulsos hormonales del estrés, reaccionan con la respuesta ‘huir o combatir’, las mujeres manifiestan reacciones protectoras y amantes –que algunos hombres leen como invasoras– en razón de la oxitocina. El deseo típicamente femenino de acercarse al prójimo aumenta en la mujer estresada, mientras que en el hombre se torna cada vez más irritable y defensivo”, detalla el autor de “Peleas de pareja”.

Discutir inteligentemente

“Nunca pensé que íbamos a llegar a ese límite. Nos amamos mucho, nos fuimos a vivir juntos apenas pudimos, antes del año de relación. Pero ahí la cosa comenzó a cambiar, andaba malgenio, si yo le decía algo, él de inmediato reaccionaba. Además su mamá era terrorífica, siempre comentando qué debíamos hacer en casa y qué no. Yo no la pescaba, pero él siempre la escuchaba y me miraba como diciendo ‘tiene razón’. Así comenzó todo, por discusiones tontas, yo lloraba y él reclamaba y se alejaba”, cuenta María Elena Pozo, secretaria de 34 años. Su relación duró 10 años, que terminaron abruptamente luego de una escena de violencia física por parte de su pareja.

¿Cómo parar la escalada de violencia y no matar de golpe al amor? Aprendiendo a discutir. Ya sabemos que ante el estrés hombres y mujeres reaccionamos diferente, nosotras queremos interactuar y él hacer cosas para solucionarlo. “La mujer busca acercarse a su compañero y comunicarse con él para confirmar la existencia de la relación; ella necesita expresar lo que no marcha bien, creyendo que de ese modo mejorará la relación y la comprensión. En cambio el hombre recibe esta comunicación como la expresión de un problema que debe resolver, o peor aún, como un reproche o ataque personal, y un círculo vicioso se pone en marcha”, explica Yvon Dallaire. 

Para solucionar esto, el terapeuta asegura que hay que aprender a discutir armoniosamente, y entrega reglas para ello:

* Comenzar la discusión con dulzura y tomarse el tiempo de respirar, particularmente en el momento en que se siente que sube la rabia.

* Si percibes que el otro se enoja, propón aplazar la discusión para más tarde. 

* Presenta la discusión como una forma de estar mejor juntos. Por ejemplo, “me gusta esto de discutir contigo, sobre todo cuando vemos las cosas de manera tan diferente”.

* El principio de la pelota y el muro se aplica acá: regresa con la misma fuerza, siempre. Si criticas, te arriesgas a ser criticado; si elogias, lo mismo. 

* Comunica tus necesidades, deseos y expectativas, no tus emociones, mucho menos frustraciones. 

* Apela a la capacidad del otro. “¿Qué sabes sobre…?” “¿Qué piensas de…?”

* Toca a tu compañero con bondad y ternura. Míralo a los ojos. 

* Evita los temas que sabes son fuente de constantes desacuerdos. Si debes abordarlos inevitablemente, házlo en términos positivos.

* Conserva la sangre fría y el tono amistoso. Evita expresiones del tipo “estoy harta”.

No digas jamás expresiones como “siempre” o “nunca”.

* Aborda un solo tema a la vez, sobre todo si es delicado. 

* Habla en tono confidencial, incluso si tu compañero tiene tendencia a elevar la voz. Nos entendemos mejor a 35 decibeles que a 90. 

* No busques poner las cosas en su lugar o “cortar por lo sano”. Te arriesgas a que ambos sean arrasados.

* Si no tienes más opción que “cortar por lo sano”, dense mutuamente derecho de desahogarse durante diez minutos, no más, y díganse “te amo de todos modos”.

* Deja a tu compañero expresarse hasta el final.

* Pregunta demostrando tu interés por lo vivido por tu compañero. 

* No des tu opinión a menos que te sea pedida. Dar un consejo no solicitado es una forma perversa de rebajar al otro. 

* A falta de estar de acuerdo, expresa compasión. “La verdad es que esto debe ser difícil de vivir”.

* Ten presente que existen diferencias naturales entre hombre y mujer.

* Y sobre todo, asume la responsabilidad por tus dichos, pensamientos y gestos. No acuses jamás a otro de ser el responsable de lo que sientes.