Ya basta chicas. Todo el tiempo se quejan de que “este tipo” es un desgra­ciado, infeliz, sólo quería acostarse conmigo, y ya que logró lo que quería, ahora ni siquiera me contesta el teléfono. Que sólo me usó, todos son iguales, ya no hay caballeros, no hay hombres, todos son unos... ¡bla, bla, bla!

¿Les suena familiar esto? Sí, sí, claro, a muchas sí, ¿verdad? Bueno mis queridas, si ustedes les dejan el paso abierto y les abren ¡todo!... pero TODO a la primera, ¿cómo no van a entrar? ¿de qué se quejan?

En verdad yo no las puedo entender, ¿cómo pretenden encontrar un hombre que las respete, si de buenas a primeras, ustedes chicas, sí… ¡ustedes!, permiten que ¡un tipo cualquiera!, al que apenas cono­cen, se meta a su casa y, de paso, a su cama, se tome su vino y las tome por don­de se le dé la gana?

¡Sí, así de claro se los digo!, y luego están llo­rando porque “este tipo” no las vuelve ni a mirar o, tal vez sí, por un tiempo, pero con el mismo final… no las toma en serio.

¿Por qué, por qué, mujeres, los tienen que meter a su casa? Cuando debe ser su ¡templo!, un lugar codiciado, no el sitio de los deseos sexuales resueltos de cualquiera que les guiña el ojo, sólo porque se sienten solas.

¡No! Ya basta de que se dejen seducir sin que a ellos ni siquiera les cueste pagar un motel, chicas. ¡Ya!, por favor, abran los ojos, ¿por qué entregan todo y luego piden?

¡No, así no es la historia! Si quieren respeto, háganse respetar y nunca, léanlo bien, nunca ofrezcan su casa para que las ¡tomen!, por­que así de rápido las van a botar.

Chicas, en verdad, respeten su hogar, y miren que se los dice justo la ¡leal defensora de los hombres! Y… ¿saben por qué? Porque yo también quiero para mis hombres, para aquéllos por los que tanto busco una igualdad justa, a una mujer valiosa; y una mujer que no se sabe respetar, no es digna de un buen hombre.