Nacido en Rosario, Argentina, el 14 de junio de 1928, la cara de Ernesto Guevara ha pasado de estar en una de las fotos más famosas del siglo XX a formar parte de la vestimenta de miles de personas alrededor del mundo. Esto último le llevó a su consagración como ícono universal, categoría que le dio Jon Lee Anderson, el periodista estadounidense cuya biografía “Che Guevara. Una vida revolucionaria” es considerada la mejor hecha del médico transandino. Esto, tanto por la cantidad de países que visitó siguiendo su pista, los 220 libros que consultó, las personas que entrevistó, entre las que se incluyen su viuda Aleida March, como por las consecuencias que la obra trajo: desde discutirse la real fecha de nacimiento de Guevara (para algunos un mes antes, lo que haría que este artículo estuviese desfasado) hasta haberse encontrado su cadáver en la selva boliviana gracias al testimonio de uno de los soldados implicados en su fusilamiento y posterior entierro.

“El Che es un ícono universal porque reunía todas las cualidades del héore clásico, como Ícaro o Dios: su disposición al sacrificio por sus ideales, la austeridad, la voluntad de cambiar el mundo”, decía Anderson al diario El País de España en enero de 2007, cuando la editorial Anagrama hizo una reedición de su trabajo. Similar opinión tiene Fernando García Naddaf, cineasta político y director del Magister en Política y Gobierno de la Universidad Diego Portales. “En el momento de su muerte ya era una figura controversial, llena de claroscuros”, dice García. “Y poco después, se transforma en una especie de Cristo ateo, principalmente por la forma en que muere y por su lucha por los pobres”. El especialista asegura además que la figura del Che reúne, como dijo su biógrafo, todas las cualidades del héroe clásico. “Tiene la estética, la retórica, los símbolos, los mitos y los valores. Todo eso mezclado conforman un relato muy atractivo”, sostiene.

De símbolo contracultural a producto del mercado
Es en el trayecto entre su muerte, a mediados de la década de los sesenta, hasta hoy, que la figura del Che pasa de ser  un símbolo contracultural, cargado de valores antisistémicos, anticapitalistas y antimercantilistas, a ser un producto del mismo mercado al cual él despreciaba -según sus escritos de filosofía y economía- por distraer al hombre del descubrimiento del sentido de su vida. Hoy, la cara del Che puede verse en poleras, banderas, chapitas, pósters y cuanto otro producto pueda ser vendible. Para que esto fuese posible, el significado del símbolo del Che tuvo que haber sido replanteado. El resultado es la separación de su imagen con el discurso y sus ideales. “Estas contradicciones se buscaron superar con las imágenes utópicas del Che. Pasó de ser un símbolo de la contracultura, con todo su peso ideológico, a ser una imagen dispersa y vacía”, dice García. Y agrega: “Lo importante del Che es lo que no se dice: su visión marxista, su búsqueda de la lucha armada. Su imagen no logra una fuerza movilizadora para el cambio. Es por esto que el discurso del Che, hoy en día, queda roto en mil pedazos”.

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