Los diputados brasileños decidirán este domingo si la presidenta de izquierda Dilma Rousseff debe encarar un juicio de destitución o si está habilitada para seguir gobernando, en un país políticamente desgarrado y en plena recesión.

La batalla del impeachment, motivado por supuesta manipulación de las cuentas públicas, tendrá otro epicentro en las calles de las principales ciudades del país, con manifestaciones masivas de ambos bandos.

Las fuerzas de seguridad movilizaron a miles de efectivos en una jornada que podría mostrar la puerta de salida al "lulismo", del expresidente Luiz Inacio Lula da Silva (2003-2010), figura emblemática del hoy maltrecho ciclo de gobiernos de izquierda en la región.

En Brasilia, partidarios y adversarios del impeachment empezaban a concentrarse a cada lado de la valla metálica de un kilómetro tendida a lo largo de la explanada de los ministerios para evitar enfrentamientos.

La sesión de la Cámara se iniciará a las 14H00 locales (17H00 GMT) y una hora después cada uno de los 513 diputados será llamado a comunicar su voto por un micrófono y a justificar en 10 segundos su decisión. Se calcula que los resultados se conocerán a eso de las 21H00 locales (00h00 GMT).

Si 342 legisladores (dos tercios) votan por el impeachment, y el Senado ratifica en las próximas semanas esa decisión, Rousseff, de 68 años, será sometida a un juicio político que implica su separación transitoria del cargo.

La sustituiría su vicepresidente Michel Temer, quien podría gobernar hasta el fin del mandato en 2018, si los propios senadores declaran a Rousseff culpable en un plazo de 180 días.

Rousseff niega los cargos que se le imputan y los atribuye a una conspiración liderada por Temer y el jefe de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, sobre quien pesan acusaciones de corrupción.

"Se desató una batalla entre un gobierno incompetente, sustentado por un partido [el PT] que traicionó sus ideales, y una oposición hipócrita, liderada por un legislador acusado de delinquir, llamado Eduardo Cunha", dijo a la AFP Sylvio Costa, director de la consultora Congresso em Foco.

La crisis política brasileña es observada con preocupación por el resto del mundo, a menos de cuatro meses de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Rio.

- Tomar las calles, tomar las playas -

En Brasilia, los agentes revisaban los bolsos de los primeros manifestantes y los separaban según afinidades.

Los pro-impeachment, envueltos en banderas de Brasil y vestidos de verde y amarillo (los colores nacionales), se dirigían hacia el lado de derecho de la valla (mirando hacia el Congreso) y los progubernamentales, vestidos de rojo, hacia el izquierdo.

Las autoridades esperan la llegada de unas 300.000 personas de ambos bandos a lo largo de la jornada, aunque hacia las 11H30 locales la policía calculaba que había apenas unos 3.000, "casi todos" del lado pro-impeachment.

El agricultor Silmar Borazio, de 50 años, productor de soja y maíz, viajó 20 horas desde Paraná con un grupo de amigos, todos vestidos de verde y amarillo y con sombreros de vaquero. 

"Mi objetivo es el cambio y para eso lo primero es que salga Dilma. Estamos cansados de producir alimentos y ganancias y ver que todo eso no mejora el país o es desviado", declaró a la AFP.

En Rio de Janeiro, las manifestaciones tendrán por teatro Copacabana, con una división horaria: la playa será de los anti-impeachment de 09H00 a 13H00 y de los pro-impeachment de 15H00 a 19H00.

"La playa es de todos, la playa es del morro [de las favelas], la playa también es nuestra", coreaban los primeros simpatizantes del PT, en referencia a las manifestaciones de la oposición que siempre se celebran en este lugar.

Desde un camión de sonido varios cantantes del popular funk interpretaban éxitos de este género que intercalaban con consignas como "¡No al golpe!".