Sorpresa mundial. Donald Trump, el magnate inmobiliario que había coqueteado cuatro veces con la candidatura presidencial desde 1988, se presentó en serio en junio de 2015 y, bajo la mirada de todos, llegó al 8 de noviembre de 2016 como candidato republicano a la presidencia. El último obstáculo antes de la Casa Blanca, Hillary Clinton, lo tuvo segundo en las encuestas a nivel nacional durante más de dos meses. La carrera final de Trump fue de antología: le recortó 7 puntos porcentuales de ventaja en dos semanas, y llegó al día decisivo con chances de ganar.

Con la prensa estadounidense en contra, lo que no es poco, y con un discurso proteccionista con la economía estadounidense, racista con las minorías inmigrantes del país, cautivó al grueso del electorado estadounidense, el hombre blanco sin grado académico. Ni el voto latino en Florida ni el voto afroamericano en Carolina del Norte e Illinois le alcanzaron a Hillary Clinton. Tampoco el voto urbano industrial de Michigan, estado que se transformó en clave en las últimas horas de la noche, cuando Donald Trump ya había ganado Ohio, que desde 1960 indica al ganador, y Florida. Ni las campañas de artistas y deportistas connotados como Madonna, Lady Gaga y LeBron James, ni el apoyo de Bernie Sanders le dieron a Clinton el atractivo suficiente.

Alojado en el último piso de la Trump Tower de la Quinta Avenida de Nueva York, el republicano esperó los resultados de las elecciones junto a su familia, a su hija Ivanka quien no paró de tuitear, y a su hijo Eric, quien fotografió su voto para demostrarle al mundo y a las redes sociales su apoyo al padre. Conociéndolo por la cantidad de perfiles y biografías que se han publicado en estos últimos meses, y las cosas que ha dicho en los debates presidenciales, debe haber estado pensando en todos aquellos que se rieron de él cuando se postuló para presidente, en el hall central del mismo edificio y frente a personas pagadas. Debe haber pensado en todos los periodistas a los que llamó “fracasados totales”, como Mark Singer del New Yorker, quien escribió uno de los mejores perfiles sobre el magnate. Debe haber pensado en Barack Obama, quien le humilló frente a toda la prensa nacional allá en mayo del 2011, en la cena de corresponsales de la Casa Blanca. cuando dijo “Donald le daría un verdadero cambio” al gobierno de Estados Unidos.  Él fue quien le motivó definitivamente a postularse, y le debe estar agradecido.

Trump nunca dudó en que, en caso de presentarse para presidente del país, ganaría. Lo dijo en 1988, en el 2000 y en el 2012. Seguramente debe estar pensando “siempre lo supe”.

Ahora, desde el 20 de enero, le tocará liderar al país más poderoso del mundo. Le corresponderá tratar con los líderes mundiales y cumplir con sus promesas de campaña. La noche será larga en Estados Unidos.

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