El ecologista Alexander Van der Bellen es la gran esperanza de aquellos austríacos que quieren evitar que el ultraderechista Norbert Hofer se convierta en el jefe de Estado en la repetición de las elecciones presidenciales de este domingo.

En el primer intento, el pasado 23 de mayo, este economista de 72 años se impuso por la mínima (31.000 votos) pero el Tribunal Constitucional invalidó los comicios por irregularidades formales -aunque no por manipulaciones- en el recuento de votos.

Hofer cuenta así con una nueva posibilidad de convertirse en el primer presidente de la extrema derecha electo en un país de la Unión Europea (UE), mientras que Van der Bellen tiene la difícil tarea de confirmar la victoria alcanzada hace medio año.

Todo ello en un entorno político totalmente cambiado tras las inesperadas victorias populistas del "brexit" en el Reino Unido y de Donald Trump en Estados Unidos.

Ante el avance de este populismo derechista, Van der Bellen se ha visto obligado en la nueva campaña a presentarse no tanto como candidato progresista y experimentado sino también como un patriota, con fuertes raíces en su Tirol natal.

Hijo de una estonia y de un ruso que escaparon de la revolución bolchevique en Rusia en 1917 para radicarse en el Tirol austríaco, Van der Bellen nació en enero de 1944 y vivió allí hasta los 33 años, antes de trasladarse a Viena, donde hizo carrera, primero en el mundo académico y luego como político.

Antiguo decano de la Facultad de Ciencia Económicas de Viena, el ahora candidato presidencial siempre ha sido muy valorado entre el electorado por su honestidad.

Su forma poco convencional de argumentar y debatir en público podría estar relacionada con el hecho de que el economista decidió entrar en política a los 50 años de edad.

Padre de dos hijos y casado desde este año en segundas nupcias, Van der Bellen tiene fama de personaje que no encaja del todo dentro de los estereotipos de un político ecologista clásico.

Por ejemplo, nunca se le ha visto andar en bicicleta, en el pasado declaró su amor por los coches potentes y hasta hoy sigue siendo un fumador empedernido.

Para muchos analistas es un político que representaría muy bien las funciones de la presidencia austríaca, un cargo protocolario pero imbuido de prestigio y visto como una referencia ética.

Europeísta convencido y antiguo militante socialista, Van der Bellen habla de Heinz Fischer, presidente austríaco hasta julio de este año, como el modelo que quiere seguir.

Se refiere a un jefe de Estado que representa dignamente al país en el extranjero y que internamente mide de forma discreta pero firme entre las fuerzas políticas del país.

Al mismo tiempo, Van der Bellen no descarta una interpretación más activa de algunas competencias del jefe del Estado.

Por ejemplo, promete que no ratificaría con su firma el TTIP, el tratado transatlántico de libre comercio que negocian Estados Unidos y la UE, incluso si fuese aprobado en el Parlamento austríaco.

Ese es casi el único punto de coincidencia con su rival, un conocido escéptico de la UE y de la globalización en general.

Si bien la presidencia austríaca no prevé un rol activo del jefe de Estado en el día a día político, la Constitución le otorga la potestad de decidir a quién encarga la formación del gobierno, sin obligación de optar por el líder del partido más votado.

En ese sentido, Van der Bellen asegura que haría todo lo posible para no encargarle nunca al FPÖ ultraderechista la formación de un nuevo ejecutivo, ni siquiera en caso de una victoria en las urnas.

Hofer ha criticado esta advertencia como "antidemocrática" aunque promete que disolvería el Parlamento para adelantar las elecciones en caso de que el gobierno no trabaje bien.

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