A mediados de la década de los 80, en plena Guerra Fría, la Unión Soviética desarrolló una nueva clase de portaaviones llamada Kuznetsov, destinada a lograr la supremacía en los mares ante su archienemigo Estados Unidos. De este programa sólo se alcanzó a construir dos unidades que hoy viven diferentes realidades.

La única nave que se terminó y quedó operativa fue bautizada como “Almirante Kuznetsov”, que ahora es el buque insignia de la Armada rusa, con capacidad nuclear y que hoy entró por primera vez en combate en las costa Siria, liderando la poderosa arremetida rusa contra los detractores del gobierno de Damasco.

El Kuznetsov es hoy el arma más poderosa de la flota que posee Moscú.

La otra unidad fue bautizada “Varyag” y tuvo una suerte menos glamorosa que su gemelo, en un principio. Al momento del colapso de la URSS, el segundo portaaviones estaba al 70% de su construcción, y fue cedido a Ucrania. Ante lo costoso de finalizar su contracción y posterior mantención, el gobierno de Kiev intentó venderlo a China e India, pero no existió interés.

Después de muchas gestiones, Ucrania decidió venderlo como chatarra a China. Originalmente se usaría para la construcción de un casino flotante, pero después llegó a la armada china, que inició un completo remodelación de la nave, pese que originalmente se había vendido con la prohibición de uso militar.

Recién hoy el “Liaoning” está listo y disponible. Completamente reestructurado y concentrado en labores de buque escuela, es la piedra angular del nuevo programa de portaaviones que inició China.

Los militares del gigante asiático, en una reportaje del Global Times, señalan que la puesta en funcionamiento del Liaoning fue desde cero, al no contar con planos, indicaciones o referencia alguna. En la misma publicación el capitán del portaaviones Li Dongyou, aseguró que la nave “está listo para luchar contra sus enemigos”.

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