Tras el Brexit, la victoria del republicano Donald Trump en Estados Unidos, la mayor economía mundial, es un nuevo mensaje de "los olvidados de la globalización" a sus élites contra los controvertidos acuerdos de libre comercio.

Cuando el empresario Donald J. Trump anunció en junio de 2015 su intención de disputar la presidencia de Estados Unidos por el Partido Republicano, pocos se lo tomaron en serio. Pero logró conquistarla, al interpretar los sentimientos de rabia de buena parte de Estados Unidos.

-Entendió el malestar de la mayoría de los estadounidenses

Nadie como Trump supo entender el hartazgo con el establishment, con el que se identificaba a Clinton. La ola populista global ha llegado a la Casa Blanca. "Los hombres y mujeres olvidados de nuestro país ya no será olvidados", dijo Trump en su discurso de la victoria, en Nueva York.

De norte a sur, de este a oeste, en Estados que votaron al presidente demócrata, Barack Obama, en 2008 y 2012, y en Estados republicanos, logró cortejar el voto de la clase media, obrera y rural, con el que barrió con las estrategias sofisticadas de la campaña demócrata y anuló el efecto del voto latino y de las minorías por Clinton.

Supo apuntar al descontento del hombre blanco, desencantado de la política y temeroso de que los flujos migratorios vayan a cambiar el mapa demográfico de lo que ellos llaman "América".

Le prometió a toda esa gente que llevaría los empleos de regreso a territorio estadounidense, que "limpiaría" la política de Washington de lobbies y que pondría a raya a Wall Street y sus abusos financieros. Con eso haría a Estados Unidos "grandioso otra vez".

Supo atraer la atención de esa gente, cansada de los cierres de fábricas, de sus problemas financieros, y exasperada por los discursos de los dirigentes políticos y económicos sobre la necesidad de liberalizar cada vez más los intercambios, quiere hacer cambiar las cosas.

-Mensaje sencillo y desenfadado

En la campaña, mostró ser capaz de decir de todo. Denunció un sistema político "manipulado", acusó a funcionarios de "corruptos" y arremetió contra los medios que, en su opinión, "envenenan el espíritu de los estadounidenses".

Ofreció soluciones simples a problemas complejos: para detener la inmigración clandestina quiere construir un muro en la frontera mexicana, pagado por México. Habló de expulsar a los 11 millones de indocumentados que viven en el país, en su mayoría latinoamericanos. Y prometió devolver empleos a Estados Unidos renegociando acuerdos comerciales internacionales.

Para prevenir ataques, defendió la prohibición de entrada al país de inmigrantes provenientes de naciones con "una historia probada de terrorismo", luego de haber dicho que rechazaría a todos los musulmanes.

Es arrogante, carismático, rudo y a veces simpático. Y a pesar de que se contradice y se mostró incómodo en los tres debates presidenciales, sus seguidores quieren creer en él.

Y más aún porque Trump -que desembolsó 56 millones de dólares de su propio bolsillo para financiar su campaña- les parece incorruptible frente Hillary Clinton, cercana a Wall Street y a menudo odiada. Trump la apodó "Hillary la Tramposa".

"Porque dice las cosas como son", era la frase que repetían sus votantes cada vez que se abría un micrófono entre la multitud y les preguntaban la razón de su voto por el magnate neoyorquino. Trump era el hombre que decía lo que querían escuchar, y lo decía de frente, sin los cuidados de la corrección política que –hoy llevada al extremo– irrita profundamente a demasiados estadounidenses.

 

PUB/IAM